La larga marcha hacia el pasado

Por Horacio Vázquez-Rial

Explica Samuel Huntington, en su muy mencionado y muy poco leído El choque de civilizaciones, que a las generaciones modernizadoras de los países no occidentales, que se han educado en instituciones occidentales y en lenguas occidentales cosmopolitas, convencidas de que el modelo de desarrollo occidental es universalmente replicable, suelen suceder generaciones que alientan procesos de indigenización, esto es, de revalorización de la propia cultura precolonial; o de lo que imaginan como tal.

Huntington da unos cuantos ejemplos, africanos y asiáticos, pero el proceso boliviano, aún en desarrollo, nos obliga a atender a lo que sucede en América Latina. A diferencia de Vargas Llosa, convencido, como el autor de este artículo, de que los países de América de lengua española o portuguesa forman parte de Occidente, Huntington habla de «civilización latinoamericana», reconociendo que es «un vástago de la civilización europea» pero afirmando que «incorpora, en grados diversos, elementos de las civilizaciones americanas indígenas, ausentes de Norteamérica y de Europa». Esos elementos son, precisamente, los que, una vez más, ha traído a primer plano estos días el conflicto boliviano.

En un artículo publicado en El Mundo (11/6/2005), Carlos Alberto Montaner ilustraba acerca de la situación de los nueve millones de bolivianos: «Un tercio de la población […] pobre, rica o de clase media, vive en el siglo XXI, perfectamente adaptada a la modernidad, otro tercio vive mentalmente instalada en un borroso pasado histórico dulcificado por la leyenda y amargado por el rencor, mientras la tercera restante, la revoltosa, encharcada en las supersticiones comunistas, pretende unificar y remodelar al conjunto de la población de acuerdo con la ideas de Marx, allí teñidas por el pintoresco desorden del castrochavismo».

A continuación, Montaner refiere el carácter de los dirigentes de cada uno de estos sectores. «El sueño indigenista radical lo encarna Felipe Quispe, líder aymara del Movimiento Indígena Pachakutik, ex guerrillero, ex preso político acusado de terrorista», explica. «Quispe sostiene que su etnia aymara –dos millones de habitantes, con alguna presencia en Ecuador y Perú–, unida a la quechua –otros tres millones– debe destruir las instituciones blancas y republicanas derivadas de la colonia española para ensayar un regreso a la tradición histórica precolombina, sin propiedad privada, sin el dinero que envileció la solidaria práctica de los trueques, y sin esas extrañas prácticas democráticas creadas por los imperialistas. Cree en el comunismo, pero no exactamente en el de Marx, sino en el que se gestó en los Andes dentro del mundo de los incas. No ha aclarado si en su proyecto se incluye la supresión del español y del cristianismo, pero la propia lógica de sus ideas y su patente odio a las fuerzas culturales y políticas que subyugaron a los aborígenes desde el siglo XVI, permiten vislumbrar un terrible enfrentamiento. Si Quispe llegara a hacerse con el poder, el desenlace sería polpotiano».

Tengo para mí que Montaner se queda corto al remitir el polpotismo a un desenlace con Quispe en el poder. Tras el reciente derribo de una estatua de Colón en Venezuela, aplaudido desde el entorno presidencial, y teniendo en cuenta lo que viene sucediendo desde que, en 1992, en ocasión del V Centenario del Descubrimiento, se dio la palabra a los dirigentes indígenas de los países andinos –»Nuestro porvenir es nuestro pasado», dijo entonces uno de ellos, ecuatoriano, en Madrid–, cabe pensar que el polpotismo, en tanto que idea de qué y cómo debe ser una revolución, forma parte del ideario global del castrochavismo.

Quispe, entrevistado por Humberto Montero en La Razón (9/6/2005), declara: «Ya es hora de que lleguemos al poder», para «rescatar nuestro territorio». Y en respuesta a una pregunta del periodista sobre la división racial, dice: «Este conflicto no es una lucha de clases, es una lucha de naciones que viene desde los españoles».

Abel Mamani, dirigente indígena como Quispe, es responsable de la caída de Sánchez de Lozada y, en gran medida, de Mesa: él paralizó El Alto sin que le dolieran los setenta muertos de la represión de 2003. Tiene una visión ligeramente diferente del tema: se queda con la impugnación de los contratos de explotación y la nacionalización de los hidrocarburos. Tiene una estatuilla de Fidel Castro sobre su escritorio. Cuenta Anson (La Razón, 9/6/2005) que Sánchez de Lozada le dijo a Montaner: «A mí me tumbó Chávez». Por medio de su representante, claro.

El otro tercio de Bolivia encarna en Evo Morales, «un indígena que sólo habla castellano», dice Montaner, que tiene una fuerza política organizada y representada en el Parlamento y el respaldo de un 20% de la población. «Líder cocalero», suele decir la prensa al definirlo. Lo que significa que Morales es partidario de la preservación de los cultivos de coca: no es improbable que secunde el proyecto de Fidel Castro de «liquidarle una generación al imperialismo en su propio territorio» por medio de la expansión de la droga.

Quispe y Mamani, con proyectos distintos, quieren nacionalizar el gas, Morales quiere expropiar a todos los extranjeros. Los tres odian furiosamente a los Estados Unidos y a España. Los tres, aunque Quispe no lo sepa o no lo quiera o prefiera negarlo, tienen el apoyo de Castro y de Chávez. Los tres podrían exportar terrorismo a las metrópolis, y de hecho Morales exporta terror a las calles de Los Ángeles y New York: como escribía hace poco Raúl del Pozo, Morales es «un camellero de los narcos, que forma la pandilla de la bencina y la cerilla con Hugo Chávez y otros gorilas para convencer al mundo de que el populismo y la hoja de coca son mejor alimento que el maíz».

Juntos pueden tomar el poder en cualquier momento. Los dos dictadores impulsarán el acuerdo, que tal vez se materialice después de las elecciones que, sumados, ganarán: es una democracia sietemesina, dice, con razón y conocimiento, Martín Prieto. Y el programa es el arrasamiento del país. Tal vez con un gas nacionalizado que no se podrá exportar sin multinacionales y que se convertirá en nudo de corrupciones, locales y globales. Si Santa Cruz de la Sierra, núcleo de desarrollo, fértil y hasta relativamente industrializada por los numerosos residentes alemanes que han invertido y trabajado allí durante décadas, no se separa de Bolivia, presentando una lógica candidatura a ser uno de los Estados Unidos del Brasil, la conjura no dejará piedra sobre piedra. Lo demás, con ser ya muy malo, irá a peor. Entre otras razones, porque la gloria precolombina que Quispe reclama, en español y desde unos ojos claros que le revelan como indígena parcial, jamás existió.

A la llegada de los españoles, el imperio inca ya se había hundido en la bruma de los tiempos, con comunismo y todo, y lo que quedaba de él estaba en franca decadencia. El pasado no es otra cosa que un relato, y si se lo quiere emplear políticamente, como en este caso, sólo sirve para abolir otro relato: eso es lo que pretendió Pol Pot. Y los revolucionarios culturales chinos. Y el indígena ecuatoriano del V Centenario, quien oponía su propia particularidad al conjunto de Occidente, reivindicando la medicina indígena frente a la medicina blanca y las técnicas agrícolas precolombinas frente a las de los blancos, es decir, el buey frente al tractor. Quispe con sus dioses, Mamani con su imagen de Castro y Morales con Chávez y sus capos han emprendido la marcha atrás.

Vía Libertad Digital

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