Intelectuales y política. ¿La negación de la noción de humanidad?

Horacio Vázquez-Rial

Horacio Vázquez-Rial

La negación de la noción de humanidad, y su sustitución por la de un conglomerado de “culturas”, abre la brecha de la diferencia entre seres humanos. La noción de cultura en tanto que conjunto de caracteres de un colectivo nacional, tribal o religioso, ha venido a reemplazar por equivalencia la noción de raza, desprestigiada por la experiencia nazi. Pero su funcionamiento objetivo es el mismo.

Raza, nación y cultura son constructos nacidos a la sombra del Romanticismo, de la reacción antiiluminista. Y el multiculturalismo, es la ideología llamada a justificar en el plano teórico la perduración de divisiones entre seres humanos, de exclusiones más o menos voluntarias, y de la explotación derivada de la constitución de ghettos étnicos. Ha servido para hacer olvidar el derecho a la igualdad, en nombre del derecho a la diferencia.

Existen pocos ámbitos en los que el lugar común históricamente insostenible haya prosperado tanto como en el de la relación del intelectual con la política. No hace mucho, con motivo del centenario del Yo acuso de Zola, se insistió hasta el hartazgo en la condición fundacional de la célebre carta-manifiesto de defensa del capitán Dreyfus, que habría redefinido la función del intelectual en relación con la historia de su tiempo, inaugurando un siglo señalado por la actitud militante de los grandes gurúes como Sartre, Camus, Malraux, Russell o Einstein. El siglo del compromiso del intelectual.

Como si fuese posible concebir una historia de la política y lo político sin contar con Platón, Aristóteles o Confucio. Como si Hamurabi, Moisés o Akenatón no hubiesen sido intelectuales. Como si Erasmo no se hubiese sabido político. Como si Servet o Maimónides no  hubiesen sido exiliados. Como si Alfonso el Sabio no hubiese sido un hombre de poder.

En realidad, la aparición de la noción de compromiso no actuó, como se suele imaginar, al modo de una suerte de llamamiento a los intelectuales para que asumieran un espacio en la política. Al contrario: marcó un límite, definió una zona interior y una exterior, y abrió la posibilidad para algunos de situarse o decirse fuera. Lo que Zola hizo en su día con respecto al proceso Dreyfus no fue tomar una actitud militante, que había tomado hacía mucho, sino poner su prestigio al servicio de una causa. Ése fue el sentido de la adhesión de artistas, escritores y científicos de todo el mundo a la causa republicana española: poner el prestigio de cada uno al servicio del progreso.

El compromiso del intelectual suele serlo con las izquierdas. Por lucidez, por amor al hombre, por generosidad. Con excepciones extremas, como las de Pound, Céline, Drieu La Rochelle o Werner Heisenberg –o Pemán, salvando todas las distancias–, los protagonistas del pensamiento se han movido en la parte izquierda de la escena. Ni Hitler, ni Musssolini, ni Lenin, ni Stalin quisieron nunca ser definidos como “políticos”: el término les asociaba irremediablemente a la condición intelectual. Preferían verse y ser vistos como “revolucionarios”, algo que les alejaba del deber reflexivo y, por tanto, de la moral.

El fenómeno parece ser universal. En Italia, por ejemplo, la muerte de Sciascia fue vivida por muchos como la del “último intelectual”, como si Italia, de Bobbio a Montanelli o a Eco, careciera de figuras orientadoras. Lo que quizá sí haya desaparecido con Sciascia es un modelo de acción. Entre nosotros, la patética aparición de una fotografía de Rafael Alberti junto a José María Aznar en la portada de un periódico de derechas representó el golpe de gracia para la mitología de las izquierdas españolas.

Felizmente, la concesión del Nobel a Gunther Grass vino a recordar que todavía quedan hombres de ese estilo, y subrayo la palabra todavía porque hay una decisión de las derechas más activas, pasivamente asumida por la sociedad en general, de extinguir la molesta especie del intelectual político, y lo digo así porque, a pesar de que no existe otra especie intelectual, se nos está queriendo imponer la idea de que ciertas personas que se expresan por escrito, mediante el celuloide, la tela o la música, manteniéndose fuera del círculo del compromiso, son sus sustitutos.

Sin embargo, los intelectuales siguen ahí, y siguen haciendo política. Siguen siendo condenados como Rushdie, o excluidos y vilipendiados por su disidencia como Peter Handke. Y no se puede leer un solo periódico donde, día tras día, no aparezca un intelectual local pronunciándose sobre los asuntos del día.

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