La Leyenda Negra y la conciencia occidental

Por Horacio Vázquez-Rial

La leyenda negra

La leyenda negra

Cuando Julián Juderías inició con su libro La leyenda negra, en 1914, la difusión de la expresión, refiriéndose únicamente a España y a las malas cosas que se decían por ahí de nosotros, no imaginó que ocurrirían dos cosas tremendas en el siglo siguiente: que los españoles terminarían atribuyéndose cosas aún peores que las escritas y repetidas hasta entonces y que los occidentales en su conjunto asumirían finalmente cosas aún peores que las que en aquel tiempo se nos endilgaban.

El autoodio español estalló, dejándolo todo perdido, con motivo del Quinto Centenario del Descubrimiento de América –discúlpeseme el apuntarlo con mayúscula, que es como me acostumbraron en la escuela argentina, el país que instauró, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, el Día de la Raza, ahora desleído en Día de la Hispanidad–. El Quinto Centenario dio lugar a que todos los ignorantes se dedicaran a fustigarse por la increíble cantidad de indios que habíamos matado en América con la excusa de la evangelización: afirmar cosa tal revela que el interfecto que se acusa no ha pisado jamás la América española, donde es bien visible, a toda hora y en todas partes, la ostensible supervivencia de la población originaria, bien que mezclada con españoles, italianos, turcos o ingleses, que ninguno hizo asco a las indias. Evo Morales es la mejor prueba con la que cuento para decir esto, y si él no estuviera me servirían igual los indios que no quieren carretera, a los que el presidente boliviano está dispuesto a cargarse porque, precolombinos o no, el progreso es tan imparable que hasta sus enemigos se ven a veces obligados a hacerle el caldo gordo.

Del padre Las Casas aquí, la historiografía española abunda en el esperpento de la deletérea acción hispánica en América, que bien se podía haber dejado ahí, intacta, para que todo el mundo siguiera viviendo en pelotas, como decía el Libertador general San Martín de «nuestros paisanos los indios», lejos de las siniestras enseñanzas de la Iglesia católica y libre de vacunas, trasplantes, escuelas y Payasos Sin Fronteras. El sueño rousseauniano de todos los Zapateros que en el mundo son.

Si uno acepta como consuelo el mal de muchos, sin embargo, podemos quedar en paz con una mirada a nuestro alrededor: absolutamente todos los europeos, con alguna excepción –más abundantes en países que nunca tuvieron colonias en América, ni en Asia ni en África–, están convencidos de su propia maldad. No es fácil entender que unos señores habituados a vivir con algunos derechos, que se negarían a ir a la cárcel por un crimen cometido por sus abuelos, se hagan cargo en cambio de los pecados del rey Leopoldo de Bélgica en el Congo. A lo que añaden sin vacilación que tipos como Mobutu o Mugabe son malos, pero lo son por nuestra culpa, es decir por los diez millones de congoleños de cuya muerte hay que responsabilizar en exclusiva a Leopoldo y, si acaso, al ambicioso Stanley, que creía que iba a llevar la civilización al continente negro y llevó la devastación; al menos, eso es lo que parece, una vez hechas las cuentas demográficas, si no se tiene en cuenta que aquel brutal comienzo de globalización era precisamente eso: comienzo de globalización.

Sartre.Desde luego, esta asunción masiva e indiscriminada de las culpas coloniales, que alcanzó su cumbre en un Sartre capaz de autoinculparse de cualquier cosa, y más si se la sugería su amado Franz Fanon, el gran ideólogo, pertenece a la izquierda. La derecha, ya se sabe, está con los Reyes Católicos y, de ser posible, con Recaredo, en la caverna, soñando con glorias pasadas. Propongo dejarlos: que se incrimine la izquierda occidental, que goce de la corrección política en las universidades europeas y americanas, del norte y del sur, que se haga cargo de cuanta miseria encuentre a su paso por la historia, desde el loco Aguirre hasta la OAS. Yo sigo pensando, pese a los argelinos, que la nación argelina, si es que existe tal cosa fuera de las convenciones onusianas –acepto la existencia de un Estado argelino–, se construyó en francés, porque antes de que nuestros miserables vecinos se instalaran allí con su escuela pública se hablaban en el territorio veintinueve dialectos árabes distintos y mutuamente ininteligibles. En francés se hizo la revolución del FLN y en francés sometieron los macarras revolucionarios a las mujeres con cuyos cuerpos se financió parte del movimiento.

Digamos que tienen razón. Que sería posible que ni Buenos Aires ni Nueva York existieran, que en sus predios se solazaran las tribus en su pura y amorosa relación con la Madre Tierra. Que estaría mejor que no nos hubiéramos movido de casa, ni Colón, ni mi padre, ni los Kipling, que tuvieron un hijo poeta e imperialista en Bombay. También estaría todo mejor si Adolf Hitler hubiese sido un exitoso pintor. La historia contrafáctica es encantadora, produce monstruos como el sueño de la razón al que corresponde.

Precisamente hoy, 11 de octubre, el maestro Serafín Fanjul publica una Tercera en ABC en la que trata de las desgraciadas relaciones entre las dos orillas hispánicas del Atlántico, especialmente de las visiones españolas de América. Escribe Fanjul acerca del bochorno que le causa «el entusiasmo con que demasiados españoles se suman al descrédito de nuestro país, escupiendo sobre el pasado de España, simplemente porque conocen la rentabilidad del negocio». Y trae a colación el Premio Nacional de Ensayo que el Gobierno de Felipe González regaló en 1994 a Rafael Sánchez Ferlosio por Esas Yndias equivocadas y malditas, «pese a ser un bodrio ilegible y a presentar como base argumental, nada menos, el enésimo redescubrimiento del Padre Las Casas, cuya Destuyçion de las Indias el autor simula tomarse en serio».

Sólo conozco otro país más autodenigratorio que España, y es mi otra patria, Argentina. Recordando largas conversaciones arreglamundos mantenidas a lo largo de los años en Buenos Aires, llego a la conclusión contable de que la frase que más he oído en boca de argentinos –residentes en el país, afuera la cosa cambia– es «Éste es un país de mierda». Los argentinos se dedican últimamente al deporte de acusar de indigenicida nada menos que al hombre sobre cuyos hombros recayó la tarea de la organización nacional, alcanzada durante su presidencia, en la primera mitad de la década de 1880. A partir de lo que siempre se denominó «la conquista del desierto», seudohistoriadores de vario pelaje se esmeran cada día en pintar a Roca como un asesino de «miembros de los pueblos originarios», refugiado temporalmente entre las páginas de los libros escolares, y alcanzado ahora por el largo brazo de la justicia. Los pueblos originarios de la pampa argentina con los que se enfrentó y con los que negoció Roca no lo eran tanto, porque habían llegado de Chile en el siglo XIX.

Con esta actitud, dominante en todo Occidente, pero más notoria entre los Gobiernos de la UE y sus intelectuales, hemos abierto las puertas a los bárbaros. Se necesitarán generaciones de castigo para compensar tanta culpa: lo tendremos, que nadie lo dude.

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