Pedro Martínez Priede: Los males de la ideología

Dice Horacio –en su artículo Leer:

«Lo ideológico, lo prerracional, hace las veces de escudo ante la revelación implícita en cualquier texto literario o filosófico. Impide la entrega a la experiencia, la libertad de asumir o rechazar desde la razón, pero también desde la emoción, sin la cual no hay acceso al verdadero saber. Saber es vivir, leer es vivir. Hay una erótica de la lectura, sin la cual la puerta del conocimiento permanece cerrada.»

Es cierto: la ideología es un molde, un troquel donde salen piezas ‘correctas’ o ‘incorrectas’. Hay que reconocer que a veces la ideología acierta. Claro que también en la lotería se puede acertar. Lo malo es que tampoco la ausencia de ideología política hace del individuo alguien libre; en este caso es frecuente el cantamañanas que juzga solo en función del afecto o del sentimiento, de ahí que ahora estemos padeciendo la sentimentalización de la política, especialmente la que hace la izquierda, que ha adoctrinado a los jóvenes en el ‘sentimiento de ser progresista, ser de izquierda’; no en vano los izquierdistas describen, o mejor dicho ‘se refieren’ a las diferentes corrientes de la izquierda como «diferentes sensibilidades».

Creo que lo malo no es la ideología en sí, sino la incapacidad de quien la adopta para estudiar los hechos (las piezas) que no se ajustan a su molde, la piezas que su troquel jamás logrará reproducir. De no seguir ese camino la ideología no la veo dañina, lo malo es, como digo, cuando se convierte en plantilla o troqueladora. Aunque tampoco hay que llegar al extremo de la ideología totalitaria para que la ideología deje de causar estragos; y digo esto porque he visto críticas a escritores por no defender «la sociedad abierta», del libre mercado. Es «el fundamentalismo democrático» del que habla Gustavo Bueno. Sin ir más lejos hace unos días se colgó un artículo en Libertad Digital reseñando un estudio donde se decía que la sociedad de los Pitufos era machista y colectivista, y por tanto censurable, no apto para menores, y como decía un lector «un día acabarán censurando al Príncipe Azul por no haber convocado elecciones». Por tanto los males de la ideología no son específicos de aquellos que defienden ideologías totalitarias sino también de aquellos fundamentalistas que creen estar poseídos de una razón hiperdemocrática.

Quien juzga solo desde criterios ideológicos tiende a erradicar por falsa toda idea que no proceda de su troqueladora al entender que procede de un molde equivocado. Todo se solucionaría si ‘el ideólogo’ estudiara detenidamente la idea que otro aporta y fuera capaz de valorarla sin pasarla antes por la criba de la reducción. Ocurre algo parecido con el moralista, que es incapaz de entender la violencia de las relaciones humanas y políticas, puesto que antepone el juicio moral (que no deja de ser un prejuicio) al entendimiento.

Estos vicios llevan a una interpretación errónea de los hechos políticos y sociales, pero también de lo que está fuera de esos campos, y además produciendo males no menos dañinos, porque no solo es el entendimiento crítico el afectado sino que incluso –y esto es aun más grave, o, si se me permite: más triste– impide o corrompe la deleitación estética. Es lo que señalaba Horacio:  » (…) la libertad de asumir o rechazar desde la razón, pero también desde la emoción, sin la cual no hay acceso al verdadero saber. Saber es vivir, leer es vivir. Hay una erótica de la lectura, sin la cual la puerta del conocimiento permanece cerrada»

Quizá esto último es lo que causa más desvelos al ideólogo, al menos cuando tiene que enfrentarse al mito hoy reinante, cual es el mito de la cultura, ya que al no poder identificar, o mejor dicho ‘clasificar’ el valor estético de la materia que tiene delante (las clasificaciones difícilmente irán más allá de los estilos), ello le predispone bien a un rechazo casi instintivo, primario, ante la obra; bien a la indiferencia ciega, o bien al papanatismo de una admiración generalmente fingida si cree que con ello aumentará su reputación de tolerante, que es la gran obsesión del ideólogo occidental contemporáneo de cualquier signo, esto es: el miedo a parecer intransigente. No en vano el relativismo es hoy un dogma, y ese exhibicionismo de un supuesto amor diletante a la cultura parece ser un salvoconducto para eludir públicamente la idiocia.

Esa tolerancia solo es una expiación, una manera de disimular la culpa, bien del dogmatismo inconfesable que por lo general todo ideólogo lleva dentro, bien de la ignorancia. Por tanto cualquiera que sea la vía que tome el afectado por ideas inadecuadas –inadecuadas porque cuando menos no vienen al caso, y que le conducen al rechazo frontal, la indiferencia o el papanatismo de una admiración fingida–, le impedirá disfrutar del verdadero placer estético, que también pasa por el entendimiento; porque entendimiento es, incluso, señalar por dónde se sitúa el misterio que toda belleza encierra; belleza que resultará siempre irreductible a cualquier criterio ideológico o científico que la quiera constreñir. (¡Cuántos críticos literarios que pululan por las redacciones de los periódicos reflexionan como ideólogos, sea con descaro o con vergüenza! Bue, qué demonios, como tantos escritores, y no digamos guionistas, que no pueden evitar la ideología ni en las conversaciones de alcoba que escriben. No hay serie de televisión en que el hombre no guise mientras su mujer no calla ni debajo del agua. Y si no guisa es fascista).

Ya sabemos que el crítico literario –no digamos el de artes plásticas– es, por regla general, un espécimen que no da cuentas ante nadie; puesto que habla de todo aquello de lo que lee sin mostrarnos casi nunca la belleza de un solo párrafo de la obra a la que se refiere. Y digo ‘mostrar’, no ‘juzgar’; de ahí que el crítico literario, salvo excepciones, no tenga más función que facilitarle al editor el trabajo de marketing.

Creo que la única solución para encarar los textos ‘no literarios’ consiste en atender a la razón interna (‘émic’, dirán algunos); es decir: que el texto responde de manera coherente a la base de partida y al desarrollo que adopta el autor; y otra atendiendo a la razón externa (étic), la que se confronta con los hechos objetivos de los que habla, lo cuales no nos queda más remedio que enfrentarlos a su vez con nuestra experiencia, sea esta personal o bien adoptada tras la exposición llevada a cabo por otros. Estos procesos suelen confundirse porque suceden de manera simultánea; por eso debemos estar siempre atentos a si nuestros juicios obedecen a razones étic o émic.

En cuanto a los textos literarios (ante todo estéticos, algo que tantos escritores actuales parecen olvidar, porque narran como quien habla con el vecino de escalera, y encima sin gracia, más bien parece que escriben para un teleadicto a series de las cadenas de televisión españolas) es cierto que resulta más difícil hacer una crítica ajustada, pues en este caso el criterio que se sigue resulta más difícil de precisar, por no decir imposible, lo cual no quiere decir que carezcamos de opiniones o apreciaciones estéticas. Esa imposible precisión es la que, contrariamente a lo que se piensa, nos vuelve más dependientes de todo lo que nos rodea (ahí está la compulsión por la moda, por lo último que irrumpe en el mercado pletórico de nuestra sociedad) y fácilmente manipulables (bien lo saben los publicistas), con lo cual la estética, no por imprecisa deja de ser más real; todo lo contrario: cabe decir que precisamente esa imprecisión es la que deja a nuestro juicio más indefenso, pues penetra en nuestra conciencia sin que sepamos muy bien cómo. En resumen: somos más vulnerables al juicio estético que a cualquier otro, precisamente porque siendo tan real como el que más resulta difícil de exponer y someter a crítica. Ay, si juzgando de estética pudiésemos hablar con la precisión que se tiene cuando se habla de economía, historia, incluso filosofía.

Horacio entiende mejor que yo lo que acabo de decir, porque en sus palabras se percibe el entusiasmo de un lector que abarca muchos campos del conocimiento (siempre el conocimiento, aunque sea para decir lo que el sabio griego: «solo sé que nada sé»): la historia, la filosofía, la ciencia… pero sobre todo la literatura, porque se percibe su pasión por la realidad estética, siempre hedonista y que no por fuerza se opone a verdad crítica, aunque sí con sobrada frecuencia. Dice Horacio:

«La voracidad lectora no es una manía ni una costumbre: responde a un hambre real, a un ansia de alimento que no sólo repare, también complete. ¡Se parece tanto a la pasión amorosa! ¿Es una forma de la pasión amorosa? Tiene de ella al menos dos rasgos: la necesidad de llenar un vacío doloroso y la posibilidad de inventar su objeto y de investirlo como don. Yo creo que en ello radica la clave del verdadero camino del saber, del pensamiento, de la verdad, de la libertad.»

Él sabe bien, como escritor polifacético, que tanto una verdad como otra (tanto la verdad científica como la verdad estética), son verdades antes que nada descubiertas, desveladas; verdades que sorprenden en primer lugar al autor, puesto que ni él mismo sospechaba que estuviesen ahí. Ese desvelamiento, ese desvelo, esa develación (correr el velo que oculta), es algo que sorprende al autor antes que a nadie; tanto al historiador como al científico, excuso decir al artista y al filósofo. Por eso si los escritores –los artistas– son honestos deberían presentarse ante nosotros con el orgullo y la alegría del descubridor más que con la soberbia del inventor, o como dicen ahora –ahí es nada–: ‘del creador’. Y es que a un artista, a lo sumo, podríamos entenderlo como un ‘constructor’, alguien que toma unos materiales que le preceden y construye algo que antes no estaba allí.

Psdt/ Aunque esto sí que sería un asunto interesante para disertar y recrearse en él: un artista –un escritor también lo es, algo que muchos tienden a olvidar– ¿tiene más de descubridor o de inventor? ¿Desvela o inventa? ¿Construye, quizá? Tiendo a creer en el desvelamiento, pero temo que hay en mí una intención algo mística que no expongo por un sano temor a pecar de cursi.

Un comentario

  • Jorge Bagú
    8 Ene 2014 | Permalink | Responder

    Por eso yo prefiero llamarme Homo faber. Fabrico objetos, es decir, genero espectáculo. Reúno materiales al servicio de una idea o una emoción. En eso consiste el trabajo del mal llamado artista. El Romanticismo ha distorsionado la imagen de esa persona y aún sigue confundiendo a los que se interesan por el arte. Porque entre otras cosas el Romanticismo no ha muerto.
    J.B.

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