Los símbolos

Por Horacio Vázquez-Rial
La rosa seca en el libro que no se abre desde hace años. La brújula que la mujer a la que amas te ha regalado y que conservas bien a la vista en la biblioteca. La estatuilla de bronce que representa el progreso y que el bisabuelo compró en la Exposición Universal de París de 1889. La foto envejecida del grupo de amigos de la adolescencia, alguno ya muerto. Símbolos.

La toma de la Bastilla. El Dos de Mayo. El cruce del Rubicón por César. La coronación de Carlomagno y la de Bonaparte. La liberación de París. Símbolos.

Bogart alejándose en la bruma con Claude Rains cuando la Bergman ya ha partido. Escarlata O’Hara jurando que nunca más volverá a pasar hambre. La lectura de la Biblia por Charles Laughton. La nuca afeitada de Gerard Philipe rumbo a la guillotina en el papel de Julien Sorel. Rudolf Nureyev levitando en el escenario. Astor Piazzolla o Miles Davis recomponiendo a Bach. Símbolos.

Vivimos rodeados de símbolos, sin saber muy bien para qué sirven. Está claro que la brújula de la amada orienta nuestros pasos, aun en su ausencia, pero no es por eso que se la tiene allí, sino por el acto mismo del regalo. Que señala una fecha, un momento amor, probablemente uno de esos momentos perfectos en que los seres humanos alcanzan a salir de sí mismos para alcanzar la efímera felicidad. Lo que significa que en torno de la brújula se organiza el pasado, ese objeto hace posible un orden en la memoria sentimental, sitúa el antes y el después, y convierte el amor en un relato, que es lo que siempre es en última instancia una pasión auténtica, como lo es el coraje, la búsqueda de justicia, las luchas por la libertad.

La toma de la Bastilla fue un acontecimiento menor en el largo proceso de la Revolución Francesa, iniciado décadas antes de 1789, y no definitivamente concretado, con todas sus taras, hasta después del caso Dreyfuss. Un grupo de desharrapados, muestra del cariz popular del movimiento, fueron a sacar de la cárcel a los contados delincuentes a los que no habían alcanzado las previas amnistías: no eran presos de conciencia ni nada parecido. De paso, se llevaron la cabeza del alcaide y la pasearon por París en una pica. Una barbaridad. Pero el relato fue otro, heroico y liberador, y los historiadores lo erigieron en símbolo. Parecía preferible a la fecha de la decapitación de Luis XVI. Y así, ese acontecimiento menor y brutal organiza una amplísima zona del pasado general. Es un símbolo generador de relato, de un relato generador de símbolos.

Tal vez el momento en que la amada regala la brújula no sea realmente un instante perfecto, pero en torno de él se arma la coreografía de los instantes perfectos. Yo recuerdo en qué cine de Buenos Aires vi a Gerard Philipe marchar hacia el patíbulo, y en qué cine de Barcelona vi a Bogart alejarse en la bruma. Y lo que hubo antes y después. Y al día siguiente de ver levitar a Nureyev en el Teatro Colón fui a una rueda de prensa en la que le vi fumar uno tras otro largos cigarrillos Pall Mall sin filtro. Sobre esos recuerdos puedo dibujar el mapa de mi pasado.

El Rubicón era poco más que un arroyo y César estaba muy asustado ante la inmensidad que tenía por conquistar, pero aquel fue un instante decisivo, y lo tenemos presente porque lo que siguió es parte de nuestra historia personal de romanos civilizados y civilizantes. El acto simbólico de atravesarlo para salir de la Galia y entrar en la guerra civil nos condiciona y nos expresa. No es una historia de amor, es una historia de coraje. El coraje es aún más raro que el amor, y de nada valdría el amor, emoción privada, sin la emoción pública y general del coraje, no siempre apreciada en su real dimensión.

Los símbolos son expresión de emociones, porque lo verdaderamente inolvidable no son los hechos, sino los sentimientos. No hay relato biográfico ni histórico que se pueda transmitir sin impresiones estéticas o sentimentales. La Segunda Guerra Mundial es Stalingrado, el desembarco en Normandía y la Shoá, con especial acento en Auschwitz. Son las cosas que nos hacen llorar y comprender.

Los símbolos siempre lo son del pasado. Cuando los publicitarios de todas las épocas crean símbolos de futuro, engañan invariablemente. Aunque en ellos pretendan incluir una tradición. Así, la hoz y el martillo –campesinado y proletariado unidos en la utopía–, la cruz gamada –anuncio del Reich milenario–, la rosa en el puño que fabricaron para Mitterrand como anuncio de un radiante porvenir socialista: la rosa acabó en la mano de Mubarak, de Craxi, de González, ninguno de los cuales fue nunca tan romántico como para guardar sus pétalos muertos entre las páginas de un libro.

No hay relato posible del futuro, que es el espacio del deseo y de la ambición y del sueño. No hay más símbolo posible del futuro que la interrogación.

Vía Libertad Digital

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