La ‘primavera árabe’

Por Horacio Vázquez-Rial

Así llamaron los optimistas a las revueltas de enero y febrero en el mundo árabe. Yo, como saben mis lectores, soy siempre pesimista. Respecto de los musulmanes y de los movimientos populares, en los que no creo: siempre hay alguien que moviliza y que no dice para qué.

En Egipto, el primero de los países afectados por la twittevolución, Mubarak, mala bestia pero miembro de la Internacional Socialista, fue primero arrinconado y después sustituido por un ejército de cuyo pensamiento sabemos poco y nada. En Bahréin triunfó la represión con ayuda saudita. En Yemen, sin ayuda. Libia sigue en la indefinición, pese a las incursiones nuestras. En Siria, todo sigue igual.

El cambio en Egipto –cambio, no revolución, de ninguna especie– sólo servirá a corto plazo para que la situación de Israel se haga más peligrosa. Zouhir Louassini, periodista marroquí de la RAI, que sostiene que lo que quieren los jóvenes árabes es abrirse a Occidente, dice ahora: «Tras el referéndum sobre las reformas constitucionales, puede decirse que esta revolución ha perdido su primer desafío». ¿Por qué? Porque los políticos insisten en que el islam debe seguir siendo la religión del Estado y porque el muftí de Egipto ha sentenciado que el islam es «una línea roja que nadie puede tocar». Con lo que los cristianos coptos (8 por ciento de la población) siguen estando al margen de la Constitución.

Ni qué decir del laico Gadafi o del laico Al Asad.

El primero, que yo sepa, a la hora de escribir estas líneas, y a la hora de verlas usted, querido y paciente lector, sigue ahí. Y aunque Sarkozy, Obama, Cameron y todos los demás le digan que no habrá paz hasta que se marche, porque ellos no lo están echando, no se mueve de su sitio. ¿Qué clase de intervención es la que se ha hecho en Libia? No es como la de Irak, desde luego. Menos comprometida. Tan poco comprometida que ni se nota.

¿Y si hubiera sido distinta? Recordará usted la escena del derribo de la estatua de Sadam Husein. El pueblo, sea eso lo que sea, estaba contento, dispuesto a ponerse en marcha hacia una organización propia, libre, etcétera. Por lo cual hasta cabía pensar que la pacificación era inminente; pero no lo fue, y no por las malintencionadas tropas americanas, que prefieren volver a casa en ataúd, sino por la enorme dificultad que supone establecer un gobierno con un imán chiita y otro sunita, y el peso de los talibán y de quienes quieran participar, eso sí, democráticamente, en la construcción del nuevo Estado. ¿Y el famoso pueblo con el corazón rebosante de anhelos de libertad? Ni está ni se lo espera.

También recordará usted las largas colas en las barberías de Kabul el día en que fue liberada del régimen talibán. Si se afeitaban, no eran tan fanáticos, y hasta es probable que, sin barba, para igualar las cosas, al llegar a casa les arrancaran a sus mujeres el burka, el velo o lo que llevaran para no ser. Pero la calle sigue llena de barbudos y de señoras sin rostro, y hay un coche bomba en cada esquina y en cada pueblo, y nadie se puede ir y no hay ni sombra de un Estado afgano viable: ¿por qué la iba a haber, si ya la sharia ordena y sus emisarios controlan? Antes del día del afeitado, los americanos tiraban unas bombas en un sitio y después, en otro, dejaban caer bolsas de arroz, pobres víctimas de los talibán. Y cuidado con equivocar el objetivo, que hay que tener presentes los daños colaterales y las víctimas inocentes. El pueblo.

Había que intervenir en Libia. Francia tenía que intervenir en Libia, y hasta se la podía ayudar. Pero no así, con la derrota marcada a fuego en la frente. Al menos, había que derribar a Gadafi sin contemplaciones, aunque después nos quedáramos con el barro y la sangre hasta las rodillas. E inmediatamente salir del lodazal y volver a casa para dar lugar a que el democrático pueblo libio eligiera al sucesor y lo soportara unos años o unas décadas. Hasta una nueva revuelta. No hasta las elecciones, que, si las hay, serán a la manera local.

Alguien dijo hace años que no hay televisión que pueda con cinco oraciones y un sermón del imán cada día.

Lo lamento por mis entusiastas y queridos amigos que anunciaron el advenimiento de una nueva era en el mundo árabe. Musulmán, por supuesto. Hasta Reagan, en un alarde de igualitarismo que le honra, se equivocó. Falta mucho para que eso cambie un poco, si es que no cambiamos nosotros antes. Involucionamos. Más.

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