Los políticos

Por Horacio Vázquez-Rial

Hay una tendencia generalizada en la sociedad occidental a la degradación de la clase política, que por primera vez se ha disociado en la conciencia de todos de la noción de clase dirigente.

Ambas estuvieron vinculadas siempre, aunque jamás fueran lo mismo. La clase dirigente era en la segunda mitad de los setenta y en los ochenta del siglo XX lo que la prensa dio en llamar «los poderes fácticos», es decir, aquel sector sin cuya aprobación era imposible desarrollar la democracia. Se suponía –si bien era mucho suponer– que en esa zona oscura estaban el ejército, la Iglesia, la banca y los terratenientes, por mencionar sólo los trazos más gruesos del imaginario general. De todo ello sólo parece quedar la banca, que se le resiste hasta a Angela Merkel, en el estilo proteico del BCE y el FMI.

El ejército ha ido desapareciendo con la supresión del servicio militar obligatorio, y, al menos en los casos español y argentino, que son los que conozco bien, se le ha humillado y debilitado poniendo a su frente a mujeres que no sólo no habían respetado jamás a la institución, sino que habían sido enemigas notorias de la misma: Carme Chacón, desde el nacionalismo catalán, y Nilda Garré, desde la guerrilla montonera.

La Iglesia, por su parte, no ha sido ni es ajena a la sociedad que la conforma y a la cual refleja, con todas sus contradicciones y limitaciones.

Felipe González.Y los terratenientes, cuando se agitaba su fantasma, ya habían desaparecido, tras convertir la tierra de la que habían vivido durante siglos en capital financiero e industrial. Por eso la Ley de Tierras Improductivas, que Felipe González agitó como realización de la reforma agraria –comodín de las izquierdas que nadie supo jamás definir, salvo en lo tocante a la expropiación–, no era más que una puesta en el papel de una realidad efectiva, un acto demagógico en lo esencial, porque no hacía más que ratificar lo que había. Para coronar el show, se montó incluso un enfrentamiento con la Casa de Alba por unas fincas en Extremadura que no importaban ni a la duquesa Cayetana, que luce una medalla de Andalucía otorgada por los socialistas, grandes promotores de la prensa de bidet.

Es decir, que en España se hizo una revolución con Palacio de Invierno electoral. Porque cuando González decidió aparcar el marxismo ya no le servía para nada. Y no le servía porque ya era evidente el gran error de Marx, que consistía en considerar que la burguesía y el proletariado lucharían eternamente como el mal y el bien, y que sólo desparecerían cuando los obreros liquidaran físicamente a los patronos y colgaran al último militar con las tripas del último cura, como se vociferaba antes y durante la Guerra Civil.

Y es que resulta que ninguna de esas cosas existe ya. Ni la burguesía ni el proletariado. Ni los comunistas, que, en cumplimiento de su propia profecía laica, sólo lograron instaurar dictaduras feroces y corruptas por todas partes, incluido el mundo musulmán. No existen ya los burgueses, aquellos señores barrigones de las viñetas que, puro en ristre, oprimían a los obreros; ni existen esos obreros para cuya gloria se construyó un sistema sindical podrido desde el momento mismo de su creación.

Los últimos burgueses han ido cayendo en los últimos años. No diré que no quede alguno, porque, aunque la muerte de Giovanni Agnelli marcó un antes y un después, aún vive Luciano Benetton, si bien éste subsiste como jefe de un imperio industrial del cual dista mucho de ser el dueño en sentido estricto. Con lo cual la clase dirigente –aquella, según Marx, a la que cabe «el honor de regir los destinos de la sociedad»– ha dejado de ser una clase, es decir, un conjunto de individuos con intereses comunes que suelen ponerse de acuerdo para los grandes proyectos, como el desarrollo industrial o la colonización. Ha sido sustituida por un grupo, mucho más amplio, de gestores de lo que hay. Una capa social, que no clase, de gerentes, no de propietarios.

De esa casta de ricos que no tienen nada, salvo su astucia y su gran capacidad de aprovechamiento del dinero ajeno –mediante la cual han perpetrado más de una desgracia–, nacen los políticos. Dije más de una vez que los políticos son los administradores de la historia, y me detuve ahí, sin entrar a analizar qué es un administrador. Tradicionalmente, administradores y gerentes eran personajes que dedicaban sus mejores esfuerzos a controlar y, en la medida de lo posible, hacer crecer la fortuna de sus amos. Claro que el amo debía supervisar constantemente, porque, como bien recoge el dicho popular, es su ojo el que engorda el ganado. Hasta no hace mucho, decir de alguien que era un administrador honesto era decir mucho. Hoy ni siquiera se piensa en ello, ni en el mundo de la gran empresa ni en el de la política.

En el mundo de la empresa, porque el amo es una red difusa de accionistas que, por obra y gracia de estos empleados de alto nivel, pueden hacerse ricos o caer en la miseria de un día para otro, igual que en un casino. En el mundo de la política, porque, eliminados los poderes fácticos, los políticos, unos tipos que no tienen nada que ver con nada –el 70 por ciento de nuestros representantes en las cortes, empezando por el propio presidente del gobierno, jamás ha trabajado en otra cosa–, los han sustituido sin coste alguno, entre otras cosas, porque la historia es un amo absentista. ¿Quién les va a reprochar nada?

Hace unos años, cuando tuvimos la malhadada idea de crear un partido político no nacionalista en Cataluña –iniciativa que después se retorció para llegar a ser Ciutadans–, decíamos que allí la clase política se había separado de la realidad, que vivíamos en Matrix. Ahora, todo es Matrix. (¡Lástima que Fishburne no pueda cambiar el disco duro a estos sujetos! Y es que ha entrado en el CSI, dicen, porque sólo quedan muertos). Lo curioso es que la gente acepta, lo acepta todo. Hasta he oído decir que, como es Registrador de la Propiedad, Rajoy va a ser un buen «gestor», y eso tranquiliza mucho.

Ésa es la mayor expectativa en muchos casos. Un expectativa de ignorantes, ciertamente, precisamente porque lo que hay que administrar no es el Estado, sino la historia, que incluye y supera al Estado.

Vía Libertad Digital

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