María Teresa G. Cortés entrevista a Horacio Vázquez-Rial

La escritura pictórica de Vázquez-Rial y sus genuinos trazos de sinceridad dibujan una versatilidad literaria que le permite hacer poesía, escribir cuentos, crear novelas y componer libros de investigación histórica y ensayos. Traducido al alemán, al inglés, al griego y al portugués, este “barcelonés de Buenos Aires”, como se le definió en la prensa, escritor, periodista e historiador, posee una extensa producción literaria. Citemos algunos de sus títulos: El otro mundo (2010), El camino del Norte (2006), La capital del olvido (2004), Revolución(2002), Las dos muertes de Gardel (2001), Las leyes del pasado (2000), La pérdida de la razón (1999), El maestro de los ángeles (1997), El soldado de porcelana (1997), Frontera Sur (1994) e Historia del Triste(1987), todos ellos novelas; Perón, tal vez la Historia (2005), obra de investigación histórica; La izquierda reaccionaria (2003) y Hombres solos (2004), ser varón en el siglo XXI, ensayos.

María Teresa G. Cortés entrevista a Horacio Vázquez Rial para Editorial Academia del Hispanismo.

«LA IDEOLOGÍA, ESE MAGMA CONFUSO
QUE CON SU RUIDO CONSTANTE IMPIDE PENSAR RACIONALMENTE,
ES UN ESCOLLO PARA LA LITERATURA»

«Hoy por hoy, se escribe mucho más ensayo y estudio histoórico de derechas que de izquierdas»


M.T.G.C.: ¿Hasta qué punto consideras que la creación literaria libera o esclaviza, tanto al autor como a los lectores?

H.V.R.: El acto de escribir es siempre liberador, como también lo es la lectura. Hablo, por supuesto, de escribir la verdad, o lo que uno cree la verdad. Porque hay tantas escrituras como personas, y la mayor parte de lo que se escribe tiene poco que ver con la verdad, es pura escritura política, de partido en un sentido amplio. Esa escritura no libera, es generada para esclavizar a un determinado lector potencial. Pero cuando la escritura es catártica, cuando es pura búsqueda de verdad, sea en una novela, en un poema, en un estudio histórico o filosófico, o en un discurso, libera, repara, pone orden en lo real, y hasta cura, el alma y el cuerpo. ¿Dónde está el límite entre la escritura de la verdad y la escritura política? Es algo difícil de establecer. Theodore Sorensen y Arthur Schlesinger escribieron la mayor parte de los discursos de John F. Kennedy. Eran los habitantes del Ala Oeste en la época. Sorensen es el autor de dos de las frases más célebres de Kennedy: “Soy un berlinés” y “No se pregunten qué puede hacer su país por ustedes, sino qué pueden hacer ustedes por su país”. La suya era, pues, escritura política, pero era también escritura de la verdad. A Lincoln, nadie le escribía los discursos, pero la Oración de Gettysburg y otros textos suyos, políticos en origen, han pasado a la historia de la literatura moral. Churchill era un inmenso escritor, y nadie puede borrar de la historia de la literatura y de la cultura al político por excelencia, Maquiavelo. Ni al padre Suárez, ni a Juan de Mariana. Pienso que hay una escritura política de la verdad, tan pasional y catártica como la más radicalmente individual en lo sentimental y en lo intelectual. El gran modelo en este sentido es el verdadero padre fundador del género confesional, San Agustín, tan “moderno” en 401, año de su gran libro, como Platón o Cervantes. Y no tengo la menor duda de que Agustín se liberó escribiendo, y liberó a muchos lectores hasta hoy mismo.

M.T.G.C.: Tú naciste en Argentina, pero tu familia, de origen rural, provenía de Galicia. ¿En qué medida las historias familiares de ambos lados del Atlántico están presentes en tu escritura?

H.V.R: Ambas, de manera constante, aunque hay una novela, Frontera Sur, que trata en concreto de la historia de las idas y venidas familiares a través del Atlántico. Una historia muy larga, que se inicia alrededor de 1880 con los primeros viajes de mi bisabuelo, don Manuel Posse, a La Habana, Montevideo y Buenos Aires. Don Manuel, a quien yo conocí bien porque murió en 1961, a los 96 años, en Buenos Aires, era un ser excepcional, que durante una larga época se convirtió en factótum de la emigración a la Argentina, así, con artículo, a la manera francesa, que es como aún se dice allá. Había hecho fortuna y tenía una casa enorme, con salida a dos calles.

Como el viejo se dedicaba al reparto de tabaco, una de las entradas era la de la cuadra, donde se albergaban caballos y carros. Encima de las cuadras se habían construido catorce habitaciones. En ellas vivían inmigrantes gallegos, mantenidos a pan y cuchillo hasta que encontraban empleo, lo que sucedía rápidamente. Entonces eran sustituidos por otros nuevos. Alli se servían comidas dos veces por día, en dos turnos, uno el de los inmigrantes, catorce a mediodía y catorce a la noche, y otro el de la familia, otras tantas personas, porque siempre había alguien más, primos, cuñados, amigos, también mediodía y noche. Claro que no lo mantenía todo el viejo Posse: contribuían otros paisanos, los que fundaron primero la Asociación Española de Socorros Mutuos, después el Hospital Español, al final el Centro Gallego, donde nací yo. El argentino era un Estado minúsculo, que no tenía organización sanitaria suficiente, así que la gente se daba lo que no le daban, y así aparecieron grandes instituciones sanitarias, como el Hospital Italiano, el Británico, el Alemán, el Francés, el Israelita… Esa gente construyó todo aquello con su esfuerzo personal, con la organización comunitaria y con su dinero. Vivieron al margen del Estado, a veces contra el Estado, haciendo liberalismo sin saberlo.

La otra entrada correspondía a la casa, donde él vivía con su mujer, que murió después de él, y sus nueve hijos, que acabaron por ser siete porque la tuberculosis se llevó a dos de las mujeres en plena juventud. Mi bisabuela, María Lema, también fue una gran viajera. Los otros días, entre los papeles de una tía abuela que falleció hace un par de años, encontré una factura de un almacén de ultramarinos de Coruña, a su nombre, de 1930, cuando yo la suponía en Buenos Aires. Sí puedo decir que mi tatarabuelo, José Lema, padre de ella, había hecho veintidós viajes a América cuando murió, casi centenario, en la aldea, Traba de Lage, en la costa coruñesa. Echando cuentas, a las velocidades de entonces, se pasó cerca de cuatro años a lomo de mar. Sin embargo, los hijos no se tenían en cualquier parte: cuando la mujer quedaba embarazada, se montaba en un barco y volvía a Galicia a parir. Porque se nacía en Galicia. Si a los catalanes los une sobre todo la lengua, y a los vascos la gastronomía, el deporte o algún otro misterio, a los gallegos nos vincula la necesidad de estar pegados a la tierra, aunque nos encontremos en las Islas Fidji. Y así fue durante tres o cuatro generaciones, en la familia Rial Posse – Lema Novas. Se nació en Galicia y se hizo la vida donde mejor se pudo. Mi abuela Teresa Posse Lema volvió un día de La Coruña a Buenos Aires, dejando atrás un novio médico, un Millán Astray, al que yo llegué a conocer cuando ya era un anciano y mi abuela acababa de morir. Cuando volvió, conoció a un gallego recién llegado, que estaba parando en una de las habitaciones de pasajeros de encima de las cuadras, y ése fue mi abuelo, Ramón Rial, el primero que no volvió a Galicia porque murió joven, a los 52. Entonces nacieron allí mi madre y mi tío, los primeros porteños.

La historia de la familia de mi padre, los Vázquez Besteiro – García Ouro es de otro tipo. Mi abuelo, Jesús Vázquez-Besteiro, era labrador en una aldea próxima a Palas de Rey, provincia de Lugo, llamada San Sebastián del Carballal. Él y su mujer viajaron a Cuba cuando ya tenían cinco hijos, que se quedaron a cargo de los parientes. Lo único que consiguieron fue otro hijo, el menor de mis tíos paternos, Enrique, al que trajeron a España a poco de nacer, en 1912. Ya no volvieron a salir de casa. De los seis hermanos, mi padre era el mayor, y el más loco. Un hombre sin miedo a nada, que salió de la aldea, donde no se hablaba más que gallego, fue a Vigo, se montó en un barco y apareció en Buenos Aires a los 19 años. Cuando yo vine a España tenía cinco tíos y unos cuantos primos hermanos. Con el tiempo y las complejidades de la vida, una de esas primas, con la que nos conocimos muy tarde, fue mi pareja. Sin embargo, hoy sólo una de ellas vive en Galicia, y no en nuestro lugar de origen, sino El Barco de Valdehorras, en la provincia de Orense. Porque mis tíos también emigraron, aunque en lo que se denominó migración interior, de Galicia a Barcelona, Madrid y Bilbao.

Te estoy resumiendo mucho una historia que, en Frontera Sur, que sólo abarca de 1880 a 1936, me llevó ochocientas páginas. La escribí en mi primer ordenador, un Amstrad. A lo largo de todos esos acontecimientos, hubo una preocupación constante por la cultura. Yo conservo libros que fueron con mi bisabuelo de Galicia a Buenos Aires y que volvieron, cien años más tarde, conmigo. En mi generación, algunos de los primos fuimos a la universidad. Frontera Sur se continúa en El soldado de porcelana. Las dos, unidas, funcionan como columna vertebral del resto de mis obras narrativas. En la segunda parte de El soldado… se retoma la historia suspendida en 1936 en Frontera Sur, y llega hasta los años sesenta. Ahí está la Guerra Civil, el exilio, el proceso cubano previo a la revolución de 1959, el desarrollo del peronismo.

Yo soy autor de un solo libro, larguísimo, que no se va a poder reunir en un solo volumen como hizo Bassani en La novela de Ferrara. Pero si eso fuera posible, el conjunto habría de llamarse Novela atlántica. El eje pasa por Frontera Sur y El soldado de porcelana. No creo que haya una verdadera distancia entre las dos orillas del océano, les guste o no a los atrasistas y a los izquierdistas reaccionarios. No sólo somos un mismo mundo, sino que hasta compartimos clases dirigentes, un asunto muy poco estudiado debido al mito del imperialismo en un solo país: si la dirección de todos los procesos está en manos de los Estados Unidos, ¿para qué mirar alrededor? La verdad, como he explicado en La izquierda reaccionaria, y empleando un lenguaje primitivo, de marxistosaurio, es que cada país central encuentra en cada país periférico un campo de competencia interimperial. Hubo asombro, un asombro fomentado por la prensa al uso, cuando se descubrió, en 2002, que el principal inversor extranjero en la Argentina era España. Santa ignoracia, porque ya en 1912 la electricidad argentina era propiedad de Francesc Cambó.

Yo estoy igual de cómodo y de incómodo en las dos orillas. Conozco bien el país en el que nací, y dediqué buena parte de mi trabajo de historiador a contar su pasado y su presente. Ahí están Buenos Aires, la capital de un imperio imaginario, una obra colectiva que dirigí y publiqué en 1996, La formación del país de los argentinos (1999), El enigma argentino descrifrado para españoles (2002), la biografía de Perón, de 2005, y ahora la biografía del virrey Liniers, que saldrá este año, además de cientos de artículos. Unos cuantos miles de páginas. Pero también conozco y amo Cuba, Colombia, México, Ecuador… Y conozco España, donde he pasado bastante más de la mitad de mi vida. Y por eso he escrito La Guerra Civil española (1996), El soldado de porcelana o La reina de oros (1989). Ésos son mis escenarios, ésa es mi literatura.

M.T.G.C.: En un momento determinado decides regresar a la tierra de tus ancestros. ¿Qué fue lo que te impulsó a realizar ese viaje de reencuentro y de qué manera influye el alma de nómada sobre tu labor creativa?

H.V.R.: Ésta es una historia en dos partes. La primera es la tierra de mi padre, a la cual regresé con poco más de veinte años. Eso pertenece, digamos, a mi cuento íntimo. El primer contacto con Galicia, con Madrid y, sobre todo, con Barcelona, donde tenía dos tíos. Mi enamoramiento de Barcelona fue inmediato. Lo cuento en mi novela Revolución (2002). Como yo no era rico, porque mis padres tuvieron la habilidad de dilapidar la fortuna acumulada por mi abuelo y mi bisabuelo, viajaba y trabajaba. Así llegué a una revista barcelonesa llamada Bocaccio, que duró unos pocos meses, una revista que hacían Manolo Vázquez Montalbán y Juan Marsé. Ellos fueron mis primeros amigos en la ciudad.

La segunda parte es pública. Volví a Buenos Aires porque había que hacer la revolución. También volvió Perón. Pero él volvió y se murió, dejando una herencia envenenada, de la que sólo en parte era responsable. Perón no quería involucrar al ejército en la represión, porque era consciente de que, si lo hacía, iba a pasar lo que pasó, iba a sobrevenir una dictadura a la que ni siquiera él podría poner límites. De modo que tuvo la malhadada idea de crear un aparato paraestatal, parapolicial, paramilitar. Yo militaba en el trotskismo armado, aunque en organizaciones de superficie. Apareció la Triple A de López Rega. Un día me llamó un gran amigo, hijo de un general. Nos reunimos y me dijo “Tenés que irte. Ahora mismo.” Le hice caso. A los tres días estaba en Barcelona. Y a los siete, me fueron a buscar, en Buenos Aires, a una casa en la que yo ya no vivía hacía tiempo. O sea, la segunda parte empieza en un exilio. Que se acabó con el retorno a la democracia. Pasé de exiliado a hombre libre. Entonces elegí España. En esos años, había hecho la carrera de Historia en Barcelona. Ya era una elección. Ahora, viajo a la Argentina con mi pasaporte español. Conozco un montón de países. Dices bien, tengo alma de nómada, pero en muchos casos he viajado porque mis libros me han precedido. Es maravilloso verlos en lenguas que no entiendo, como el griego. No se pueden constatar las traiciones de los traductores, que deben de ser muchas, y creo que eso es mejor, ahorra sufrimiento.

«LA POSMODERNIDAD SE PRETENDE AHISTÓRICA»

M.T.G.C.: ¿El trabajo literario constituye una actividad elitista al margen de las nuevas tecnologías o éstas pueden contribuir, por el contrario, a la divulgación y promoción de la literatura?

H.V.R.: El trabajo literario es necesariamente elitista, en el sentido de que no son muchos los que son capaces de llevarlo a cabo. En primer lugar, por una cuestión de conocimientos, lo que ya limita la lista de candidatos. Es cierto que existen casos de grandes autodidactas, pero también lo es que su nivel de saber ha de ser, como mínimo, universitario. Pero además, hacen falta otros elementos: oído para la lengua, por ejemplo; sentido del orden narrativo, y esto vale para todos los géneros, incluida la historia “científica”, que también requiere intuición a la hora de investigar, y el don infrecuente de la lectura crítica de otros autores… Y también, claro, esa virtud de difícil definición a la que se llama “talento”. Es, pues, una tarea minoritaria, aunque uno tenga a veces la impresión de que son muchos los que escriben, a la vista de lo largos que son los catálogos de las editoriales.

La segunda parte de tu pregunta incluye la expresión “al margen”. Un escritor no está jamás al margen de nada, y mucho menos de las técnicas que afectan a la difusión de su obra. Yo amo los libros, el objeto libro tanto como la acumulación de saber en papel. Soy un hombre de mi tiempo, y los libros me hicieron. Sin biblioteca, soy un mutilado. Y he tenido la fortuna de publicar todo lo que he escrito en el sistema editorial tradicional, fortuna a la que creo que ha contribuido el hecho de escribir para mis contemporáneos. Es un viejo sistema, que ya estaba en pleno auge en el siglo XVIII, cuando se iniciaron incluso las ferias del libro, más o menos en la misma línea que las actuales. Y que se había iniciado con el invento de Gutenberg. Pero Gutenberg no había hecho otra cosa que convertir en industria lo que ya existía, lo que no es poco mérito, sobre todo si se considera que antes de él se dependía de las copias. Con características muy parecidas, dicho sea de paso, porque el paso del rollo al libro se había dado unos cuantos siglos antes, en la siempre condenada Edad Media, en los conventos que preservaron la cultura clásica, y el libro empezó siendo como es, rectangular, con el texto alineado en el sentido de la parte más corta del rectángulo, porque ésa era la forma de las pieles de cordero que se secaban y se procesaban para hacerlas aptas para la escritura, y la experiencia demostró que era más eficaz pegar esas pieles, empastarlas o coserlas, por la parte más larga. Resultaba un volumen más fácil de consultar que si se las unía por la parte breve, y se deterioraba menos. Esto era así ya en el siglo VII, y se hace evidente cuando se miran los manuscritos conservados.

Dicho esto, no rechazo las nuevas tecnologías. Todo lo contrario. Y lo que menos desearía es situarme al margen de ellas. Escribo dos veces por semana en un medio digital, y estoy ahora mismo embarcado en dos proyectos digitales. Uno es la reedición de La izquierda reaccionaria, con destino a e-book y a edición en papel a pedido. Pedido que, por cierto, podrán hacer los libreros de toda la vida. Y el otro una revista, Pensamiento Independiente, que funcionará al revés de lo habitual, es decir, primero edición digital abierta, luego venta en impreso o e-book para quienes lo quieran. Y ya que menciono el e-book, hay que decir que sigue manteniendo las proporciones de la vieja piel de cordero.

M.T.G.C.: ¿Qué medidas crees que deberían arbitrarse para que se pueda acceder a la “buena” literatura sin la tutela y el monopolio de los grandes grupos editoriales nacionales y/o internacionales?

H.V.R.: No creo que haya que arbitrar medidas. Los grandes grupos están compuestos en última instancia por editores, personas que eligen libros y los publican. Y quieren venderlos, es decir, responden a la demanda. Y las técnicas de márketing y todos esos arbitrios destinados a condicionar la demanda, sólo son parcialmente efectivos a la larga, y la prueba de ello es que se ven obligados a cambiarlos periódicamente. Yo soy un gran consumidor de novela negra, y conozco cientos como yo, de modo que debe de haber miles, millones. Pasé años invitando a los editores a publicar novela negra, sin conseguirlo. Ahora, el mercado noir está al borde de la saturación porque algún genio del análisis descubrió que había demanda. Y si mañana hay demanda de cualquier otra cosa, tarde o temprano la descubrirán. Hoy por hoy, se escribe mucho más ensayo y estudio histórico de derechas que de izquierdas, por emplear un lenguaje tópico. Y se publica, y se vende, por editoriales no muy grandes. Cuando lo asuman los grandes grupos, podremos leer cantidades de Furet, Revel, etc. La Esfera de los Libros no es una editorial pequeña y ya está funcionando en esa línea.

Eso sí, hay negocios que se les han acabado a los grupos editoriales. Uno de ellos es el de los clásicos, por los que no pagan derechos de autor, aunque no por ello bajen los precios. Casi todos los grandes clásicos, y no pocos clásicos menores, están ya en internet, gratis, con posibilidad de imprimirlos. Los diccionarios entran en la misma línea. No necesito ya dedicar uno o dos metros de estantería, si tengo diccionarios on line, empezando por el tocho de la Real Academia. Yo traduzco mucho y sé lo que es el esfuerzo físico de manejar enormes tomos para buscar una palabra, por no mencionar la desconcentración que supone. En un diccionario on line tengo más, sin moverme del ordenador, porque en expresiones difíciles, tengo hasta foros de traductores que dan soluciones, donde se puede consultar. Algo maravilloso.

«CREO FIRMEMENTE EN QUE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS CONTRIBUIRÁN A DIFUNDIR LITERATURA, PENSAMIENTO, POESÍA, TODO… »

M.T.G.C.: Si el antihéroe Don Quijote es un soñador de mundos y el deseo de revolución de Byron convirtió la escritura en oficio de transgresión, ¿crees como novelista que la creatividad precisa siempre del recurso de la rebeldía?

H.V.R.: Que me disculpen Cervantes y Byron, pero entre los primeros autores de la Biblia, Homero o los trágicos griegos está ya toda la transgresión posible. Byron era, en esencia, un populista que se sumó a los luddistas en la quema de telares. Era un rebelde que escribía, pero su rebeldía no determinó su literatura. Más bien al contrario, su deseo literario lo hizo político, un político bastante primitivo, pero que encanta a los progres. Emilio Salgari, que creó con Sandokán el primer gran héroe anticolonialista, distaba muchísimo de ser un rebelde en términos vitales. No, yo pienso que lo mejor para la literatura es lo que indicó Joyce: “exilio, soledad y silencio”. Irreparable distancia de la escena evocada es lo que entiendo por exilio.

M.T.G.C.: Una de las características del siglo pasado ha consistido en destinar la literatura al servicio del gran relato (marxista, fascista, cristiano…) de la Historia. ¿Esa tendencia queda en entredicho en tu producción literaria cuando luchas por escapar de los ismos políticos de moda?

H.V.R.: Sin duda, la ideología, es decir, ese magma confuso que con su ruido constante impide pensar racionalmente, es un escollo para la literatura. Sin embargo, más allá de las respuestas, hay grandes preguntas en cada época. Existen dos grandes novelas francesas, una de antes de la Segunda Guerra, Gilles, de Drieu La Rochelle, que era fascista, y otra de después de la guerra, Aurelien, del comunista Louis Aragon. Ambas tratan del mismo asunto: la conciencia de un joven en el período de entreguerras. Tanto Gilles como Aurelien se hacen preguntas ante la realidad, las que la realidad les propone, y no sólo se formulan los mismos interrogantes, sino que se dan respuestas muy similares. Uno responde como puede a su época, a los enigmas de su época. A veces, se encuentran respuestas cristianas en un marxista, o al revés. En todo caso, se trata de concepciones del mundo con algo en común: todas eclosionan en el siglo XX y todas son teleológicas.

Por lo tanto, todos esos autores tienen el problema, como Gilles y Aurelien, de cómo participar de la historia para acelerar su curso hacia el fin esperado, sea el que sea, el socialismo, el fascismo, la parusía… Yo tengo planteado ese problema, el de la participación de mis personajes en la historia. Gustavo Durán era uno de esos hombres, y me hago cargo de su dolor por ello, pero mi visión del asunto no es la de mis personajes. Yo soy consciente de la abismal distancia que hay entre los larguísimos tiempos de la historia y la muy breve, casi efímera vida de los individuos. Cuando uno vive sesenta u ochenta años, no puede pretender acelerar procesos que duran siglos, y de los que ni siquiera cabe concebir en qué acabarán. Por eso también el tiempo de la literatura, como el de la política, no es el tiempo de la historia. En el siglo XXI, en la posmodernidad, nada de eso se propone. La posmodernidad se pretende ahistórica.

Yo no tengo que luchar con los ismos en el proceso de la escritura. Sólo cuento. Lo que puedo, que es lo real. Abusamos de la palabra realidad, pero con lo que de verdad nos manejamos es con lo real, una categoría más precisa, el fenómeno, en el sentido de Husserl, lo que es percibido y elaborado por nuestro limitado cerebro, víctima de las hormonas y otros tóxicos que condicionan nuestros sentidos.

M.T.G.C.: Literatura heroica, contestaria, literatura infantil, romántica, literatura maldita, erótica, fantástica, utopista… ¿Hay lugar para formas nuevas de literatura?, ¿no está ya todo inventado?

H.V.R.: Todo está inventado. Pero lo estaba, como te decía antes, en la Biblia, en Homero, en los trágicos, en Gilgamesh, en Heráclito, y eso no impidió que se siguiera haciendo literatura durante bastante más de tres milenios. Contando lo mismo una y otra vez, mejor o peor. Porque los temas alcanzan un cierto número, y también los géneros, y los sentimientos, y las ideas fundamentales. Y la repetición sirve porque completa, exhibe bajo luces diferentes, interpreta. Cada tiempo tiene sus textos, que son iguales pero distintos. Es lo que expone Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”. Volveremos a escribirlo. Cuando la época lo reclame.

«UN ESCRITOR NO ESTÁ JAMÁS AL MARGEN DE NADA»

M.T.G.C.: En tu libro de investigación La izquierda reaccionaria (2003) repasas los acontecimientos que rodearon al 11-M. Tu crítica a una ideología que se denomina de izquierdas, pero que por sus actos resulta retrógrada, ¿te ha supuesto vital, literaria o profesionalmente efectos indeseados?

H.V.R.: Incontables. Lo primero es, obviamente, que te sitúas en una órbita externa a aquella en la que, a partir de ahí, de la publicación, siguen estando la mayoría de tus amigos. No es fácil aceptar que te digan: “Hemos estado equivocados” o, peor aún, “Hemos vivido equivocados”. Ni qué decir cuando afirmas que te has dado cuenta de eso y ellos no. Te pongo un ejemplo, el del análisis de las consignas: alguna vez yo también he creído que era cierto que “la sangre derramada jamás será negociada”. Tiene una resonancia moral importante, es una declaración de intenciones que impresiona bien cuando se la oye por primera vez. La segunda, la repites sin pensarlo demasiado. La tercera, ya es hábito litúrgico. Claro, te paras a analizarla y no hay modo de sostenerla, porque jamás en la historia ha ocurrido nada parecido: se derrama sangre para negociar, sólo para negociar, aunque sea una modesta paz aceptable. Se derrama sangre como consecuencia de una política, para continuarla por medio de la guerra, como dice Clausewitz. Si se negocia sin sangre es porque aún estamos en el terreno de la política propiamente dicha. Y si no, estamos en la guerra, y la guerra es una negociación por la vía violenta. Pero esto, que es tan sencillo, mueve la estantería de gente que no puede vivir sin consignas. Y entonces, empiezan a odiarte, se sienten traicionados.

Por otro lado, conozco a unos cuantos que vivieron y viven atados al fracaso de su utopía de juventud. Justifican su propio fracaso remitiéndolo al fracaso de un grupo, a lo colectivo. Creo que a todos los tipos que hacen descansar su propia identidad en otra, colectiva, desde los comunistas a los nacionalistas, les pasa eso. De modo que si les explicas que su fracaso es personal, que lo que les pasa es sencillamente que no se detuvieron a pensar un momento, el odio es tremebundo. Y cuando perciben que, además, estás sugiriendo que las probables consecuencias de un triunfo hubiesen sido terribles, hubiesen caído en el totalitarismo, hubiesen añadido más desgracia aún a su época, se inicia el desplazamiento y la exclusión. Así transité yo desde El País y El Periódico, a ABC y Libertad Digital, retrocediendo ante el embate de los que habían sido mis amigos. Y, todo hay que decirlo, siendo recibido por nuevos amigos.

Desde luego, como autor de libros, la cosa es más compleja que en la prensa, porque no dependes de un editor únicamente. Cuando apareció La izquierda reaccionaria, una amiga mía lo compró en una gran librería del centro de Barcelona, y aprovechó para preguntarle al empleado que la atendió si se estaba vendiendo bien. La respuesta fue lapidaria: “Desgraciadamente, sí”, dijo el hombre. O sea que no le hacía gracia exhibirlo bien. Y tal vez al distribuidor no le gustara contribuir al éxito de la obra, no lo sé, pero es una cadena de imponderables ideológicos y factuales. El pensamiento dominante en la última década es el progresismo, una versión para idiotas del marxismo vulgar, que a su vez era una degradación del marxismo… Marx fue el último pensador que construyó un sistema filosófico, una weltanschauung, el último creador de pensamiento fuerte. Yo descubro cosas tremendas en él, falsas unas, totalitarias otras. Es un trabajo duro refutar a Marx, hacerle la autopsia. A mí me supuso un doble camino: de Marx y Engels a Lenin, de Lenin a Stalin, de éste a Trotski, que es el primero en exponer taras de su propio espacio doctrinal, porque era un analista despiadado, judío antes que marxista y, por tanto, dispuesto a discutirlo todo. Ahí inicié el camino de vuelta: la crítica a Stalin, que lleva a Lenin porque uno supone que la degeneración del marxismo empieza ahí, hasta que se da cuenta de que mucho de lo peor de Lenin procede de los padres fundadores, y entonces lo encuentras todo, todo lo perverso, en La ideología alemana, en El origen de la familia, y desde luego en el Manifiesto comunista. De la filosofía a la política y vuelta. Y te preguntas cómo has podido no verlo antes y comprendes que la respuesta es obvia: no lo has visto porque aún no lo habías pasado por la política, por la prueba de realidad. En mi vida, este proceso representó cerca de veinte años de esfuerzo solitario. No les puedo pedir a los demás que hagan lo mismo. No tienen tiempo. Además, como dice Jesús Maestro, el pueblo quiere opio, no quiere intérpretes.

De modo que uno se amolda, tiene una vida más solitaria, hace un trabajo menos remunerativo, a veces se desespera un poco, por momentos sigue de puro estoico, pero esto tiene una compensación: los nuevos amigos son personas que también han hecho un camino difícil, a veces más difícil aún que el de uno, y por ende son seres humanos más valiosos, más valientes, más completos, y respetan el pensamiento.

El pensamiento dominante en la última década es el progresismo, una versión para idiotas del marxismo vulgar, que a su vez era una degradación del marxismo… Marx fue el último pensador que construyó un sistema filosófico, una Weltanschauung, el último creador de pensamiento fuerte.

M.T.G.C.: En tu página web se lee: «Un espacio siempre en construcción donde literatura, política e historia se mezclan». ¿Cómo explicar, desde esa triple encrucijada, la novedad y la importancia de El soldado de porcelana (2001)?

H.V.R.: El soldado de porcelana es todo eso. Es una novela, en la que pretendo contar una parte nada menor de la historia del siglo XX con tres grandes referentes al fondo: la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial y la primera etapa de la guerra fría. Porque por todo ello pasó su protagonista, real, histórico, el general Gustavo Durán. Pero a la historia de Gustavo se une la de unos cuantos amigos, como Anaïs Nin o Ernest Hemingway, que viven en muchas páginas de la obra, y viven de verdad. Hay muy poca ficción en el texto, y hay en cambio mucha investigación. Pero es que todo eso es también mi propia vida: literatura, política e historia. Y filosofía, y periodismo, y muchas cosas más que ni siquiera yo sé que están ahí. Hace muchos años entrevisté a Claudio Magris. Antes de entrar en materia, me dijo: “No esperes mucho de mí, mis libros son más inteligentes que yo”. Y es verdad, los libros que uno produce son mucho más inteligentes que su autor, porque cuando se escribe, no sólo se escribe acerca de lo que se sabe, sino, sobre todo, acerca de lo que uno no sabe, o no sabe que sabe. Y resulta una experiencia asombrosa leerse al cabo de los años, porque uno encuentra en su propio texto muchas cosas que ignora, y que no alcanza a comprender cómo llegaron allí. Borges era perfectamente consciente de ello, como Magris y, antes que ellos, Novalis.

Además, El soldado representa una novedad en relación con la historia de la Guerra Civil. No presenta una versión ortodoxa. Trabajé cinco años con el material de esa novela, estuve en todos los lugares en los que había vivido el protagonista, algunos de los cuales habían sido escenario de mi propia vida: Barcelona, Madrid, París, Berlín, Londres, Washington, New York, La Habana, Santo Domingo, Buenos Aires, y finalmente Cambrige y el archivo de Durán. Mi idea, de un republicanismo vulgar, acerca de la guerra cambió a través de la lectura de los siete mil documentos reunidos en ese proceso. Por alguna razón, el libro lleva trece años vivo, en siete u ocho ediciones sucesivas, la última, bellamente presentada, en bolsillo a pesar de sus cerca de mil páginas.

Antes de la novela publiqué La Guerra Civil española, una historia diferente, título que puso el editor y que me parece horriblemente pretencioso. Yo no me di cuenta de lo que había hecho en ese libro hasta que les pedí a un par de amigos de izquierdas, muy notorios ambos, que me lo prologaran. Tengo las cartas que me escribieron para explicar por qué no iban a colaborar. Coincidían en decir que iba por el mismo camino que Pío Moa, hace ya catorce años. Consecuencia de ver un solo enemigo, porque lo que yo hacía no era en absoluto lo que hacía Moa, y aunque ambos coincidimos en muchos aspectos, nuestra visión general no es para nada la misma. Con todo respeto por Moa. Pero ese hecho determinó la posterior reacción ante la novela. En las reseñas se habló mucho del redescubrimiento del personaje y de los méritos de la prosa, pero nada de la historia de la guerra. Sin embargo, parece ser que algunos colegas muy estimables entendieron que había una senda desbrozada y se atrevieron a recorrerla. Es el caso de Ignacio Martínez de Pisón con su excelente Enterrar a los muertos.

Dicho todo esto, que tiene que ver con la cocina de la novela, una cocina de deconstrucción, como se ve, debo añadir que no es más que una novela, que se lee muy bien, si se quiere, como una novela de géneros superpuestos. Y es buena, si me disculpas la falta de modestia.

M.T.G.C.: Desde que recogiste en 1985 el Premio Martí i Pol por Explicación del sur (poesía) hasta el Premio de novela La otra orilla (2006) por El camino del Norte, hay un camino lleno de galardones: Premio Generación del 27 (2006) por El cuñado de Nietzsche y otros viajes, V Premio de Novela Fernando Quiñones (2004) por La capital del olvido, finalista en el Premio Internacional de Novela Plaza & Janés 1989 por La Reina de oros, finalista en el Premio Nadal 1986 por la novela Historia del Triste, etc. ¿Qué significado concedes a los galardones y en qué grado éstos han condicionado tu quehacer literario?

H.V.R.: Ésta es una respuesta breve. Ser finalista del Nadal cambió mi vida, me convirtió en un escritor reconocido, lo que, como señala Jean Samuel en su memoria de amistad con Primo Levi, no es lo mismo que ser un escritor conocido. El ser conocido se hace con el tiempo y la perseverancia en la publicación. Ahora bien: la verdad es que uno se presenta a premios por dinero, porque no hay adelanto editorial que iguale esos importes. Está muy bien ganarlos por sí mismos, nadie rechaza el honor, pero sobre todo te dan tiempo libre. Eso sí, nunca he escrito para un premio. Coincidió el tener novela con alguna convocatoria, y en algunos casos salió bien…

EL TEST DE LOS LECTORES

· ¿Qué personaje histórico le habría gustado ser y por qué?

Ninguno. En muchos casos, me hubiera gustado ocupar el lugar de alguno, pero por lo mal que actuó. Eso sí, tengo mis devociones. Admiro enormemente a Churchill, a Lincoln, a Benito Juárez, a Sarmiento. Pero tampoco me entrego ciegamente a ellos. Por ejemplo, no olvido que Churchill se mantuvo en contacto con Mussolini durante toda la guerra.

· ¿Cuál ha sido el último libro que más le ha impactado en su lectura?
Yo leo mucho y de modo simultáneo. Entre las novelas del último año están Una saga moscovita de Aksionov y La despedida de Marcelo Birmajer. En el ámbito del ensayo, El misterioso caso alemán, de Rosa Sala Rose.

· ¿Cree Vd. en algún dios?
Sí. Sé que está ahí. Y cuanto más lo pienso, más cerca me encuentro del argumento de San Anselmo.

· ¿Un sueño que le persigue y que aún espera realizar?
Más libros.

· ¿Qué canción le trae recuerdos?
Adiós Nonino, de Astor Piazzola.

· ¿Qué significa ser de «izquierdas»? ¿Qué significa ser de «derechas»?
Hoy por hoy, nada. Ni ser de «izquierdas» ni ser de «derechas». Pero hay una tradición que refiere a ambas y todavía hacen falta las dos palabras para contar la historia, porque significaron algo en su momento, un algo cambiante, entre 1789 y 1989.

· ¿En qué lugar o ciudad del mundo se encuentra más a gusto?
Totalmente a gusto, en ninguna parte. Pero espero morir en Barcelona, que es mi ciudad por amor.

· ¿Para qué sirve el matrimonio en nuestro mundo contemporáneo?
Para lo mismo que ha servido siempre: para garantizar la continuidad del patrimonio, y no importa entre quiénes se concierte, es básicamente un contrato. El amor es cuenta aparte.

· ¿De qué acontecimiento histórico le habría gustado ser testigo?
He sido testigo de unos cuantos y ya tengo bastante. Me hubiera gustado asistir a las clases de Aristóteles.

· ¿Su poeta, su novelista, su dramaturgo o su escritor de cabecera?
Borges, Saint-John Perse, Bashevis Singer, Philip Roth…

· ¿Una falta o «pecado» imperdonable?
Nada es imperdonable, pero lamento haberme dejado engañar durante demasiado tiempo.

· ¿«Siempre se vuelve al primer amor»?
Nunca. No se puede volver a nada, el mundo desaparece en cuanto uno se marcha.

· ¿Una persona para Vd. admirable?
Émile Zola. Amaba la verdad, descendemos de él.

· ¿Qué es la política?
La administración de la historia.

· ¿Prefiere la bondad o la inteligencia?
La una sin la otra es muy peligrosa.

· ¿Qué no sería Vd. nunca?
Santo.

· ¿Qué haría por amor?
Todo lo que ya he hecho y seguiré haciendo.

· ¿Qué es para Vd. la felicidad?
Un éxtasis fugaz.

· ¿Un deseo que quiera conceder a alguien?
Quisiera amar a quienes me aman.

* * *

4 comentarios en “María Teresa G. Cortés entrevista a Horacio Vázquez-Rial”

  1. Muy interesante entrevista, don Horacio. Ignoraba la rica historia de su familia.

    Lo sigo a través de LD y medios afines. Sus breves ensayos en esos medios acerca de variados temas son esperados por mí, los leo con placer intelectual, por ser fuente de inspiración y de interpretación, esa palabra común no pronunciada que habla sólo cuando quienes llamamos justamente maestros la trae ante quienes la saben pero aún no la habían escuchado. ¡El arte de la partera desde Sócrates, vamos!

    Un saludo y un abrazo

    1. Muchas gracias por sus elogiosos comentarios, querido Javier. Es muy reconfortante recibir mensajes como el suyo, porque escribir supone siempre arrojar botellas con mensajes al mar, y nunca sabe uno si llegan a buen puerto. Y es estupendo enterarse de que sí lo hacen. Un abrazo.

      Horacio

  2. Don Horacio, qué magnífica entrevista. He disfrutado hasta la última palabra. La historia familiar, con muchas semejanzas a las mía. Mi bisabuelo se marchó de Vigo también, con 14 años. Y la historia de él en Argentina, como tantas, tiene mucho de novela. Hoy a los 35 años, los padres no saben como echar de casa al “nene” o a la “nena”. Incluso antes de que pase el huracán José Luis. (ZP)
    Cuanta verdad histórica, y a ver si se da una vuelta por Santiago y nos tomamos un café. Un abrazo y ya me picó el bicho por leer más libros de usted.

    1. Gracias, Dolores, por su hermoso envío, que me ha emocionado. Creo que lo que más une a la gente es la identificación en un relato, el reconocimiento del propio pasado en el pasado de otro. Por supuesto, cuando vaya a Santiago, le avisaré y nos veremos. Un abrazo. Horacio

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