La profecía de Bolívar

Por Horacio Vázquez-Rial

Ya muy cerca del final de su vida, el 9 de noviembre de 1830 –moriría el 17 de diciembre–, Simón Bolívar respondió a una carta del general Juan José Flores, a la sazón presidente de Ecuador, admirándose de que éste se hubiese dirigido a él, un “simple particular”, para darle “noticia de lo que pasa en el Sur y pasa con Ud.”. Engominada y ostensiblemente falsa modestia.

La carta se encuentra en internet –aquí–, por lo que no la reproduciré en su totalidad. Pero sí incluiré algún fragmento, sobre todo el que ha adquirido carácter profético, y que probablemente Chávez, que es un ignorante radical, desconozca o pretenda obviar por la forma terrible en que anuncia el advenimiento de su ralea a la vida política hispanoamericana.

Yo no sé realmente quién era Bolívar, si merece los honores que se le tributan como Libertador en toda Suramérica o si realmente era en esencia un dictador con sueños perversos de eterna perpetuación en el poder, que lo acercarían al tirano actual. O, lo que es más probable, si era ambas cosas, porque las ambiciones personales más de una vez resultan en grandeza histórica cuando de un líder y sus batallas se trata. En la última parte del largo y despectivo artículo que Marx redactó sobre él, en 1858, para la New American Cyclopedia, figura la descripción que del personaje hiciera su primer biógrafo francés, Ducoudray-Holstein:

Simón Bolívar mide cinco pies y cuatro pulgadas de estatura, su rostro es enjuto, de mejillas hundidas, y su tez pardusca y lívida; los ojos, ni grandes ni pequeños, se hunden profundamente en las órbitas; su cabello es ralo. El bigote le da un aspecto sombrío y feroz, particularmente cuando se irrita. Todo su cuerpo es flaco y descarnado. Su aspecto es el de un hombre de 65 años [vivió apenas 47]. Al caminar agita incesantemente los brazos. No puede andar mucho a pie y se fatiga pronto. Le agrada tenderse o sentarse en la hamaca. Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y maldiciones contra cuantos le rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter liviano, es un jinete consumado y baila valses con pasión. Le agrada oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita. En la adversidad, y cuando está privado de ayuda exterior, resulta completamente exento de pasiones y arranques temperamentales. Entonces se vuelve apacible, paciente, afable y hasta humilde. Oculta magistralmente sus defectos bajo la urbanidad de un hombre educado en el llamado beau monde, posee un talento casi asiático para el disimulo y conoce mucho mejor a los hombres que la mayor parte de sus compatriotas.

Es posible que este último aserto se vea confirmado en su visión de Vicente Rocafuerte, contra el cual advierte a Flores, seguramente con razón, porque finalmente Rocafuerte, cinco años más tarde, sustituiría a Flores en la presidencia. Dice Bolívar:

Advertiré a V. que Rocafuerte ha debido partir para ese país y que este hombre lleva las ideas más siniestras contra V. y contra todos mis amigos. Es capaz de todo y tiene los medios para ello. Es tanideático que, habiendo sido el mejor amigo mío en nuestra tierna juventud y habiéndome admirado hasta que entré en Guayaquil, se ha hecho furioso enemigo mío (…) Es el federalista más rabioso que se conoce en el mundo, antimilitar encarnizado y algo de mato. Si ese caballero pone los pies en Guayaquil tendrá V. mucho que sufrir y lo demás, Dios lo sabe. (…) [José Joaquín de] Olmedo lo idolatra y no ama más que a él. Espere V. pues las consecuencias de estos antecedentes.

Desde luego, no se podía pedir más en materia de visión política, porque si Rocafuerte sustituyó a Flores en 1835, una vez vuelto éste al poder, en 1839, sería Olmedo el promotor de la revolución de 1845, que lo desalojó definitivamente del gobierno y lo envió al exilio. Tenía razón Bolívar respecto de lo que sucedería, pero también tenían razón Rocafuerte y Olmedo al oponerse a Flores. Porque cuando Bolívar acusa al primero de federalista no está hablando en defensa de la unidad de Ecuador, de tan difícil trámite a lo largo del siglo XIX, sino de su obsesión por la imposible y hasta ridícula unidad continental, que pretendía bajo su propia dictadura. En el ensueño unitario de Bolívar se asienta una de las reivindicaciones tradicionales de la izquierda reaccionaria hispanoamericana o latinoamericana, como se prefiera denominarla (yo me inclino por la primera opción). Y la cosa no ha cesado desde entonces.

Entre 1492 y 1824, los territorios de los países suramericanos, excluido Brasil, formaban parte de la América española, que suele ser tenida, erróneamente, por una unidad política. Después de la independencia hubo allí veinte Estados. Ello ha hecho creer a algunos ideólogos, inclinados a una visión conspirativa del capitalismo, en un vasto plan de balcanización subyacente a las luchas independentistas. El marxista peronista Jorge Abelardo Ramos decía en 1949 que el proceso tuvo por objeto “desarticular en veinte repúblicas impotentes la gran nación latinoamericana”. Le respondía en 1972 Milcíades Peña, que sostenía sin errar que era imposible “desarticular lo que nunca estuvo articulado, y nadie puede decir con seriedad que la América colonial fuera una gran nación latinoamericana, porque eso equivaldría a afirmar que la India y Norteamérica eran una misma nación por pertenecer ambas a la corona británica”.

Las colonias estaban unidas por la lengua –no siempre única, aunque sí oficial– y por la religión –en la misma medida que por la lengua–. En modo alguno estaban unidas económica ni administrativamente. La unidad económica hubiese bastado para crear un Estado nacional, superando las barreras administrativas, de haber sido éstas producto de una razón puramente burocrática. No lo eran. Si la soberanía española no podía ser ejercida en forma unitaria, tampoco podía haberlo sido la soberanía de un Estado independiente de España. Y España no podía regir el continente como un único virreinato porque se oponían a ello la extensión y la variedad de los territorios.

Y hay que decir que la división virreinal de los mismos era de una inteligencia exquisita: de haberse conservado hubiera dado por resultado unas naciones más poderosas, sólidas y prósperas. La muy racional organización del Alto Perú hubiera evitado adefesios históricos como una Bolivia sin salida al Pacífico. Y el diseño territorial del último de los virreinatos creados, el del Río de la Plata, hubiera evitado la separación del Uruguay y la Argentina, desgraciada partición de una pampa húmeda hoy relegada al papel de productora de soja, y hubiese hecho del Paraguay un país comunicado con el mundo, sin las limitaciones fronterizas que lo han ahogado durante dos siglos.

El propio Bolívar había escrito en 1815:

No puedo persuadirme de que el Nuevo Mundo sea por el momentoregido por una gran república. Es una idea grandiosa pretender formar del mundo nuevo una sola nación, con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tienen un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, deberían por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse, mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos y caracteres desemejantes dividen la América.

Bolívar aspiraba a una unidad imposible, y no carecía del codicioso afán de gobernar sobre medio continente. Había estado en París, en Notre Dame, en la coronación papal de Bonaparte como emperador de los franceses, y en Milán en su coronación como rey de Italia. Tal vez soñara con una gloria parecida. Por eso le repugnaba el federalismo de Rocafuerte, que veía como un sanguinario descuartizamiento del que podía haber sido su imperio. Ya se había enfrentado a Sucre por la declaración de independencia de Bolivia, que en modo alguno entraba en sus planes. Ya había desplazado a San Martín en Guayaquil para apoderarse del Perú sin traba alguna. Pero una y otra vez había sido derrotado por la realidad.

Advierte, pues, a Flores de su destino porque por momentos cree que al menos Ecuador es una nación viable. Pero, en su fiebre final, ya su cuerpo y su alma muy desgastados por la tuberculosis, no encuentra lugar para optimismo alguno y se pone a profetizar. Acierta, pero quizá no por la razones correctas. Y escribe:

V. sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1º) La América es ingobernable para nosotros. 2°) El que sirve una revolución ara en el mar. 3º) La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4º) Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos los colores y razas. 5º) Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6º) Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.

Claro que el “nosotros” de la primera conclusión es mayestático y alude sólo a él, aunque la buena educación le obligue a incluir formalmente a Flores, que en modo alguno está a su altura. Y claro que el país al que se refiere en la cuarta es la América española en su conjunto, y que Chávez está tan implícito en esa consideración como García Moreno, Somoza o Castro. Y claro que, desengañado de Bonaparte –quizás únicamente por su derrota final–, se atreve a hacer la crítica de la Revolución por excelencia, en términos llamativamente parecidos a aquellos que, más de un siglo más tarde, emplearía Carpentier en El siglo de las luces, con escondida inteligencia de la desgracia cubana:

La primera revolución francesa hizo degollar las Antillas y la segunda causará el mismo efecto en este vasto Continente. La súbita reacción de la ideología exagerada va a llenarnos de cuantos males nos faltaban o más bien los va a completar. V. verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia y ¡desgraciados de los pueblos! ¡Y desgraciados de los gobiernos!

Todo texto es permanentemente reescrito por el tiempo. También éste, que es una de las piezas clave de la historia de América y que ha sido releído durante 180 años, torcido, fragmentado –al punto de no estar completo en las Cartas del Libertador recopiladas por Vicente Lecuna y publicadas en 1929-1930–, reorientado e interpretado de modo tal, que siempre ha encontrado una aplicación ejemplar. Es hoy mismo suscribible, aun conociendo las condiciones de su redacción. O quizá por ello.

Vía Libertad Digital

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