Sáhara

Por Horacio Vázquez-Rial

Llevamos muchos días de confusión y tal vez estemos a punto de cometer una serie de errores de muy alto precio en relación con el Sáhara. Como los que cometieron los Estados Unidos una y otra vez, en cada ocasión en que, como reconoce Henry Kissinger, intervinieron en situaciones en las que no controlaban todos los factores en juego.

Ése fue el caso de Irán, donde se decidió democratizar derrocando al Sha, con su temida policía política, la Savak, perfeccionada y reestructurada por sus sucesores. Como todos sabemos, el remedio fue peor que la enfermedad. Una parte importante de la izquierda española, y esto lo sabe bien César Alonso de los Ríos, entonces director de la revista La Calle, se volcó en el elogio de Jomeini: Joaquín Francés, que colaboraba en la publicación, se convirtió en un fervoroso defensor de la revolución iraní, hasta el punto de que Vázquez Montalbán llegó a llamarle «el ayatolá Francés». Lo que vino después de aquello lo conocen mis lectores tan bien como yo.

Ése fue también el caso de los talibán: los Estados Unidos los apoyaron, los armaron y los impulsaron porque estaban en guerra contra la URSS, de resultas de lo cual ahora, cuando el imperio soviético es ya un recuerdo, los talibán siguen representando una sangría constante para Occidente e impiden una mínima normalización en Afganistán y en Pakistán, con sus regímenes bárbaros, uno de ellos con bomba nuclear a mano.

¿Era posible evitar esos errores? Desde luego, si los consejeros se hubiesen dejado aconsejar, y si hubiesen estado más atentos a las consecuencias a largo plazo de una acción determinada que a la urgencia de la misma. Lo importante y lo urgente suelen ir por caminos separados.

Digo todo esto porque en la semana pasada ocurrieron varias cosas en relación con el problema del Sáhara Occidental o Español, como se prefiera llamarlo, aunque de español le queda muy poco. Han pasado treinta y cinco años desde que el actual rey, entonces jefe interino del Estado por delegación de Franco, asustado por la Marcha Verde y aconsejado por un Kissinger que llevaba tiempo equivocándose y que por entonces ni siquiera intuía la cuestión islámica, pero que tenía muy claras las relaciones con Marruecos –que se viene beneficiando casi desde su nacimiento del hecho de ser la novia en disputa entre Francia y los Estados Unidos–, firmó unos acuerdos de dudosa legalidad para una descolonización inmediata, es decir, una retirada en toda regla.

A muchos nos dolió entonces y nos sigue doliendo ahora. Aquello, que no es lo mismo que lo que hay en estos días, tres décadas y media después. Nos dolió la falta de respuesta a lo que ya en 1975 era la invasión marroquí de un territorio en el que España y los españoles habían dejado huella, y que había dejado huella en España y los españoles hasta el punto de que, como contaba el pasado domingo Martín Prieto en La Razón, no faltó el legionario que en los días de la desbandada escogiera no regresar a su tierra natal y sumarse a la población saharaui.

Nos duele, sin duda, la blandura de los gobiernos socialistas en relación con el problema: ninguno de ellos se atreve a hacer nada sin la venia de Marruecos, y a veces hasta caen en el ridículo, como Rubalcaba y Trini la semana pasada. Y lo que más nos irrita a algunos, que no esperamos nada de los socialistas, es el coqueteo constante de la monarquía española con la marroquí, que viene de lejos. Juan Carlos I actúa como si los tratados de 1976 los hubiera firmado un desconocido y no él, y como si Marruecos no se hubiera ido apropiando, con una política de Estado lenta y constante, del Sáhara, sobre el cual no posee derecho histórico alguno. El de Rabat es su «primo», como lo era el padre, Hassan II, que en el colmo del reality puso en la tele un fusilamiento. Con parientes así, poco podremos heredar.

Nos repugna la falta de firmeza y la pérdida de soberanía de la nación española –y el abandono del concepto mismo de soberanía por el actual gobierno–. Por eso volvemos una y otra vez a recordar al presidente que el Sáhara fue una vez español y que tenemos responsabilidades históricas con los saharauis. Lo mismo que en 1975, lo que a menudo nos lleva a olvidar que el paso del tiempo nos cambió, y mucho, al igual que a los saharauis. Porque no se llegó a constituir nunca la República Árabe Saharaui Democrática, que a día de hoy sólo es reconocida por 85 países, menos de la mitad de los que forman la ONU y muchos de ellos de trayectoria nada halagüeña en lo que a derechos humanos se refiere. Y el Frente Polisario (por la Liberación de Saguia el Hamra y Río de Oro: salga usted a la calle y pregunte, a ver cuántos saben qué significan esos nombres) no ha pasado de la caracterización de «grupo independentista».

Mientras Felipe González, Zapatero y el Rey –Aznar tuvo otra política, para disgusto del Borbón– dejaban que el Sáhara se pudriera, sucedió lo lógico: que el Sáhara se pudrió. Y hay dos cosas claras: jamás existirá la RASD y el Polisario está a punto de revelarse como lo que estaba destinado a ser desde un principio: un grupo terrorista, protegido por Argelia y utilizado por ésta en su perpetuo enfrentamiento con Marruecos, y con propósitos y contenidos cuyo alcance desconocemos. Islámico, desde luego. Armado, desde luego, como explicitó su representante en Madrid hace unos días, aunque no estuviese seguro de con cuántas ni cuáles armas, pero decidido a llevar frente a Marruecos lo que los antiguos maoístas guevaristas solían denominar «guerra popular prolongada», lo cual no es moco de pavo, sobre todo si se tiene detrás todo un pueblo: entre 250.000 y 300.000 personas, un tercio de las cuales están movilizadas.

Ahora bien: no se habla de luchar por la RASD, sino únicamente de luchar, con la ayuda de Argelia, por el pueblo saharaui –indefinidamente: «Hasta la victoria siempre»–. Como Arafat hablaba del pueblo palestino, con mayor frecuencia y convicción que del Estado palestino.

Cuando protestemos, pues, por cuestiones de soberanía, no seamos hipócritas: no se trata de la soberanía saharaui, sino de la soberanía española. Es el desdén hacia ésta del que hacen gala el gobierno y la corona lo que de verdad nos molesta. Porque de los saharauis apenas si tenemos la sombra de una idea. Y si la Zeja se pone en contra del poder y hasta se manifiesta en ese sentido no es por amor al pueblo, mitad árabe, mitad beréber, al que Marruecos está maltratando, persiguiendo y torturando –que también–, sino porque el presidente no ha sido lo bastante izquierdista para ellos en este asunto, no ha apoyado la constitución de una nueva patria socialista. Ni siquiera se han preguntado si es eso lo que los saharauis quieren realmente, y si alguno lo ha hecho ha preferido callar la respuesta.

Lo más probable es que, mientras debatimos lo que, en última instancia, es un problema español, que debe ser discutido, sin duda, pero en términos de soberanía y unidad nacional, el Polisario, a punto de salir de la crisálida, aparezca cualquier día en forma de nueva OLP, sin proponerse en serio un Estado saharaui y abierta a todas las colaboraciones, incluida la de Hamás.

Vía: Libertad Digital

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