“Uno siempre escribe sobre lo que no sabe”

Con Horacio Vázquez-Rial
Por Gabriel Báñez, jefe de cultura de El Día de La Plata

Escribí «La izquierda reaccionaria» como certificado de defunción de esa izquierda.

Horacio Vázquez-Rial (Buenos Aires, 1947) tiene una amplia y reconocida trayectoria como periodista, novelista, ensayista e historiador. En los años setenta debió exiliarse y se radicó en España, viviendo alternativamente entre Barcelona y Madrid. Ex miembro del ERP, con el tiempo se distanció del trotskismo y escribió ensayos como «La izquierda reaccionaria» en los que analiza críticamente las posiciones de la izquierda tradicional. Entre otros libros de ficción, escribió «El camino del norte (premio Norma-La otra orilla), «Las dos muertes de Gardel», fue finalista del Premio Nadal (1986), con «Historia del Triste», finalista del Plaza y Janés (1989) con «La reina de oros», y ganador de los premios Fernando Quiñones (2003) con «La capital del olvido», Generación del 27 (2006) con «El cuñado de Nietzsche y otros viajes». Conversamos con él durante su estadía en Buenos Aires.

-Muchos, aquí, dicen Horacio Vázquez-Rial e inmediatamente reconocen en el nombre a un escritor español, ¿ocurre lo mismo en España pero al revés?

– No del todo. Hay que tener en cuenta que he vivido en España durante 34 años, he fundado un partido político que continúa en actividad y tiene incluso representación parlamentaria. Me refiero Ciutadans de Catalunya, Partido de la Ciudadanía, una reacción contra el nacionalismo catalán imperante. Estoy muy integrado allí. ¡Si hasta he hecho el libro para profesores de Educación para la Ciudadanía, nuestra antigua Educación Democrática, para la Comunidad de Madrid! Y en Argentina, quien me conoce, sabe que soy argentino y que he escrito un montón sobre el país, que he estudiado en serio su historia y esas cosas.

-Como novelista e intelectual, ¿dónde te sentís más cómodo, aquí en tu país o en Madrid o Barcelona?

-Por novelista e intelectual, me siento cómodo e incómodo en todas partes. He sido excepcionalmente bien recibido en Buenos Aires, ya estoy dando unos seminarios y escribiendo a todo trapo. Sin embargo, hay momentos en que tengo la sensación terrible de no estar en el presente, de vivir aquí en otra dimensión temporal, en un pasado que ya no existe. Pero sólo son momentos.

-Parte de tu obra está impregnada por las luchas y divisiones de los setenta en Argentina, ¿se debe al historiador esa característica o al escritor que aun no ha logrado, ni acaso quiere, desprenderse de su pasado más traumático?

-Uno siempre escribe sobre lo que no sabe, para aprenderlo a partir del discurso, de la exposición, de la puesta en orden. Quiero entender. Todos vivimos la historia como el protagonista de La cartuja de Parma, que viene de la batalla de Waterloo sin tener idea de dónde ha estado, de lo que allí se ha decidido, del cambio que ha tenido lugar en el mundo con su participación inconsciente. Al final, algo voy comprendiendo. Lo primero, que la historia no hubiese cambiado nada si yo no hubiese estado, de modo que no es una cuestión personal. Lo segundo, que es explicable si dejamos de lado las ideas recibidas sobre izquierdas y derechas, sobre peronismo y antiperonismo. Te doy un ejemplo: yo no sé qué fueron ideológicamente los Montoneros, y no sé si ellos lo saben, o lo sabían, pero sí sé que no fueron peronistas, y ya pueden morirse gritando que sí: no lo fueron.

-El lopezrreguismo te obligó a abandonar el país en los setenta; casi cuarenta años después, ¿qué experiencias no has podido aún decantar?

-Ya lo he digerido todo, te lo aseguro. Lopezrreguismo y dictadura. Lo que me cuesta comprender, después de todo aquello, es el menemismo. Y el kirchnerismo. Y la lectura actual del pasado. Por ejemplo: yo creo que la ESMA tiene que se un lugar testimonial, no una sala de fiestas para intelectuales. A nadie se le ocurriría dar cursos de Kabalá en Auschwitz, ¿no? Es como que el dolor no es tal si no hay plañideras.

-En «La izquierda reaccionaria», ¿el intelectual abjura de su pasado o se desengaña de esa izquierda que supo asumir en su juventud?

-Ninguna de las dos cosas. No abjuro de un segundo de mi pasado, aunque ahora no haría las mismas cosas. Hice idioteces propias de la inexperiencia, del deslumbramiento, de una mística que corresponde a la religión pero no a la política. Y no me desengañé de la izquierda en mi juventud, que realmente hizo méritos para que uno se desengañara… Mirá, si no, el papel de los soviéticos en la dictadura. No: escribí «La izquierda reaccionaria» como certificado de defunción de esa izquierda. ¿Tú te imaginas, ya no a Stalin, sino al mujeriego Trotski, en el día del Orgullo Gay? Genderismo, etnicismo, mitologías que han reemplazado al obrerismo de un siglo de comunismo y socialismo. Un politólogo de izquierda en ejercicio me dijo hace poco que no entendía a los californianos, que votaban a Obama para presidente y no aprobaban el matrimonio gay… Claro que él suponía que Obama es la izquierda americana…

-Se señala a veces que la llamada izquierda cuestiona más a aquellos que han formado parte de sus filas y luego han desertado que a quienes están en posiciones irreconciliablemente opuestas, ¿es así?

-Sin duda. Y eso es así porque uno tiene argumentos críticos de los que la derecha ha carecido siempre. Se puede escribir una historia del pensamiento de izquierdas, con todas sus disidencias, pero no se puede hacer lo mismo con la derecha. Cuando la derecha ha tenido un pensamiento organizado, en el fascismo, lo ha robado de los discursos de la izquierda, como Mussolini, que realizó los dos.

-Qué títulos imaginás que han de perdurar de tu obra?

-No tengo idea. Yo amo especialmente «El soldado de Porcelana» y «Frontera Sur», pero que a mí me gusten no significa nada. Mi biografía de Perón puede ser un buen punto de partida para estudiosos que quieran saber algo sobre capitales extranjeros en la argentina, ésos que nunca se nombran: alemanes, rusos, españoles. Se hablaba de imperialismo británico a principios de siglo, pero la CHADE era española y una parte de las estancias más productivas no pertenecían a los Anchorena ni a los Ocampo, sino a sociedades anónimas alemanas. Perón no trajo a los nazis en el 45: hubieran venido con cualquier gobierno, porque tenían armado todo su aparato económico y social. Quiero decir que lo que espero de mi obra es que ponga a otros a trabajar. Eso sí la haría perdurable.

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