El Valle de los Verdes Caídos

Por Horacio Vázquez-Rial

¿Podrían emplearse las Pirámides de Egipto como sede de un centro de interpretación o de denuncia de los imperios? ¿O convertir la Torre de Londres en un centro de interpretación o de denuncia de la pena de muerte? ¿O el metro de Moscú en un centro de interpretación o de denuncia del estalinismo o de los trabajos forzados? ¿O lo que queda de Auschwitz en un centro de interpretación de la Shoa, con seminarios de negacionistas incluidos? Lo pregunto porque eso es lo que se pretende hacer con el Valle de los Caídos. La idea que quieren vendernos el Gobierno y sus socios es que los monumentos no hablan por sí mismos. Si la compramos, harán que los monumentos digan lo que ellos quieran.

En el principio fue la estatua de Franco, su eliminación nocturna, no como un hecho aislado sino contiguo al primer homenaje público a Santiago Carrillo, preparatorio de su exaltación al doctorado honoris causa. Entonces se anunció el propósito de Zapatero de intervenir en el Valle de los Caídos, reconvirtiéndolo en «centro de interpretación de la dictadura», tales fueron los términos que se emplearon en la prensa. Ahora, El Periódico de Catalunya desvela el origen de tal pretensión, que no se encuentra en la cabeza de Zapatero, sino en la de un ilustre diputado, Joan Herrera, el portavoz de IU-ICV, es decir, el grupo parlamentario que componen Izquierda Unida y sus socios catalanes, Iniciativa per Catalunya-Els Verds. Si no se juntan, no son nada, se quedan en el Grupo Mixto, cada uno por su lado; juntos, garantizan unos cuantos votos en el Congreso al presidente.

Cuenta Ángel Sánchez en El Periódico que Herrera es «hijo de un dirigente obrero del PSUC y de una militante de la Convergència Socialista», y que por eso tenía «el campo abonado para militar en la izquierda»; fue «en sus años de Derecho en la UB cuando se afilió a Iniciativa, movido por su radical oposición a la guerra del Golfo de 1991». El periodista lo define como «un incansable activista contra la globalización insolidaria […] ecologista (de los que van en bici por la ciudad), de izquierdas y catalanista». Pues bien, este señor, que cumplirá 35 años el próximo enero y que tenía cinco cuando el Caudillo murió en la cama, es el verdadero promotor de la idea.

El presidente, tan dependiente de él como de Carod, la aceptó, probablemente sonriendo, y la incorporó a su lista de compromisos y obligaciones, que por sí misma no llega a ser un programa pero se le parece bastante: tal vez lo sea, de tener razón (y no hay razón alguna para pensar que no la tiene) Alberto Recarte, que sostiene que la larga serie de despropósitos a que nos somete el silencioso diputado por León devenido jefe de Gobierno por razones que no es del caso volver a exponer aquí son otros tantos capítulos de un proyecto de desguace de España y de instauración de un régimen del estilo de la dictadura formalmente democrática del PRI.

Pero ahora va un paso más allá: no sólo un centro de interpretación –en buen romance, reinterpretación–, sino de denuncia de la dictadura. Herrera se queja porque, dice, el Gobierno no se ha comprometido en el objetivo de reconvertir «el faraónico monumento», dice la nota, «en un recinto de denuncia de la dictadura». Y aprovechará «el 30º aniversario de la muerte del denominado Caudillo [sic] para remover el tema», porque el hombre «y compañía son tenaces».

Y vaya si lo son. A veces, la tenacidad es un mérito: cuando se trata de construir, de producir, de legar. En política puede ocurrir todo lo contrario: los malvados ideológicos y los corruptos suelen ser de una tenacidad escalofriante, van a prisión y salen dispuestos a seguir haciendo exactamente lo mismo que hacían antes, como los capos mafiosos, mientras los hombres decentes se agotan en su derroche moral y se retiran a cuarteles de invierno para vivir en soledad su depresión, o se suicidan de puro horror.

Estos tenaces deshistoriadores, que ya nos han quitado el aliento con el Archivo de Salamanca –que, ahora lo sabemos, ni siquiera piden la para la Generalitat, sino para su fragmentación infinita en archivitos de ayuntamientos y aun de particulares–, pretenden ahora hacer en el Valle de los Caídos un parque temático de la memoria que ellos llaman «republicana» pero que ni siquiera es la de todo un bando en la guerra: son muchos los viejos republicanos que a partir de 1976 regresaron a la España de todos, y muchos los que lo hicieron antes, convencidos con razón de que la democracia debía suceder con normalidad a la dictadura: Ortega es el modelo mayor de esa actitud. Esta gente, los Herrera y los Zapatero, no asume como propia la identidad republicana, se disfrazan con ella como Juan Negrín o Enrique Líster.

El señor Herrera es el encargado también del reclamo anticatólico en la batalla de la educación: aboga en el Congreso por la supresión de cualquier contribución económica del Estado a lo que ellos llaman «la Iglesia», como si los obispos destinaran el dinero recibido a su disfrute personal.

Eso es pura ignorancia, tanta que ni Zapatero llega a esas alturas, aunque deba parte de su saber a la señora De la Vega, que es consciente de que el Estado no puede sustituir las escuelas concertadas por otras públicas (aunque sería una ocasión estupenda para pactar con el partido del ladrillo los nuevos y laicos edificios, saldría por un pico impresentable) ni reemplazar a ciertas instituciones como Cáritas, cuando no son capaces de aceitar los engranajes de la seguridad social.

Pero los Herrera de este mundo, los chicos progres de los que se sirve el Gobierno y que se sirven del Gobierno para perpetrar sus revoluciones involutivas, no pretenden echar luz sobre el pasado ni mejorar la escuela de acuerdo con parámetros distintos de los tradicionales, cosas que serían tan respetables como discutibles, sino hacer tabula rasa con la historia. Son anticatólicos como son judeófobos: por odio al Occidente en el que nacieron.

Los mejores padres del mundo pueden engendrar asesinos en serie, a la ética de una generación puede suceder la abyección de otra. Lo curioso es que estos tipos se declaren defensores a ultranza de las identidades a la vez que deploran la suya propia: sólo la ajena merece el beneficio de la duda. O el apoyo sin retaceos cuando se trata de emplearla como ariete contra la noción liberal de la nación, contra la igualdad de derechos, contra los derechos naturales a la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión, todos ellos cuestionados por la acción de esa ETA cuyo entramado político y económico defiende a capa y espada Patxi López ante el macrojuicio de la Audiencia Nacional (sumario 18/98), por poner sólo un ejemplo.

Trato de imaginar un Valle de los Caídos administrado por ellos, con una tienda de souvenirs y una librería en la que se puedan comprar las memorias de Carrillo, un Valle de los Caídos sin tumba de Franco ni de José Antonio Primo de Rivera, oportunamente trasladados a un cementerio corriente, es decir, un Valle de los Caídos sin solemnidad, sin historia.

Del Valle de los Caídos se puede aprender mucho si nadie lo toca, si nadie interviene. Claro que es una obra faraónica en todos los sentidos del término –por sus dimensiones, por el uso de trabajos forzados en su construcción, por la glorificación de su inspirador que implica–, pero precisamente por eso merece quedar como está. Es en sí mismo una lectura de la historia y una denuncia. Y es eso lo que Herrera no quiere. Ni lo quiere esa reencarnación de Negrín que nos gobierna.

Vía Libertad Digital

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